Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.
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miércoles, 19 de octubre de 2016

Día Mundial de Me Cago en La Puta Vida

   El otro día salió en el telediario la noticia esperanzadora de que una chica joven ha superado un cáncer de mama, y ya desde el titular el presentador empezó a sudar meloso. Durante los 45 segundos que duró la cobertura del notición, mi salón se convirtió en una máquina de fabricar dulce de azúcar, por dios, qué atracón. Música melódica, tirando a tristecilla, planos de la muchacha paseando con absoluta normalidad con su novio, de la mano, y su sólido testimonio: "puedes afrontarlo con una sonrisa o no, y tú eliges en qué lado estar". Pues como no me cuentes nada más, chica joven que acaba de superar un cáncer de mama, me dejas igual que estaba, de estupefacta. Ole ahí tus cojones y tu experiencia personal, tan didáctica.

   Tener cáncer de mama no es maravilloso ni rosa, señores. Ni eres más luchadora que otra mujer que no lo tenga, ni más superviviente que la que pelea cada día con su vida cotidiana, ni eres extraordinaria por tener un tumor en la teta, ni te conviertes en escritora por contarnos cada puto día de tu personal calvario como si fueras Dorothy buscando a Tamariz. Tralará, tralará, qué bonito es este camino de baldosas amarillas que me ha tocado recorrer, qué especial soy y qué sonriente todo. 
Resultado de imagen de mago de oz pelicula baldosas   Pues no, hijas. Eres una mujer normalita que va asumiendo día a día su nueva y devastadora realidad, y que aprende poco a poco cómo ir capeando esta vaquilla. Y si consigues reírte algo entre chute y chute de drogas, pues eso que llevas ganado, pero no nos lo vendáis como la eterna actitud que todas tenemos, y que tenemos que tener, porque no es así. 
   Muchos, muchísimos días, son bien jodidos y no tienes ganas de mostrar las uñas, porque no tienes fuerza. Pero no fuerza en sentido metafórico, o sea en plan fortaleza vital o lozanía metafísica, no. Las piernas no aguantan tu peso, y no puedes ni con el libro electrónico más ligero del mercado. Y para levantarte de la silla o de la cama tardas como quince segundos desde que asientas los pies en el suelo hasta que puedes dar el impulso que consiga erguir dignamente tu cuerpo a la vertical clásica. 
   Muchos, muchísimos días no soportas a los que están a tu alrededor, odias a la humanidad completa, te ves fea, gorda, como un escombro de la mujer sólida que eras hace tres meses, ya no eres sexy (si es que antes lo eras), ni tienes ganas de contar cómo te sientes, sólo quieres que te dejen en paz, que no te hablen, por favor, que no te recomienden beber dos litros de agua al día, ni hacer ejercicio suave media hora cinco días a la semana, ni seguir una rutina para cuidar tu maltrecha piel, porque te la suda todo: la cosmética, la OMS y lo saludable.
   Muchos, muchísimos días, no te apetece comunicarte ni hablar de tus sentimientos, te harías el harakiri porque sientes que vas a explosionar en cualquier momento como un globo de feria, pasas de hacer maratones solidarios, principalmente porque nunca te ha dado por salir a correr y en tus planes inmediatos no está echar el bofe vestida con unas mallas que nunca, en ninguna otra circunstancia, te pondrías. No estás dispuesta a conocer el testimonio de otras damnificadas, porque te aburren sus experiencias personales, tan jodidamente parecidas a la tuya, y matarías a todos los psicólogos que te rodean, con sus bellas frases de ánimo: "estar calva es lo de menos, el pelo crece" "eres una mujer muy valiente, vamos a poder con esto"  "ya verás todo lo que aprendes de esta experiencia" "el año que viene te acordarás de esto y nos reiremos mucho". De "esto" no, del cáncer, señores. Del cáncer, atrévanse a llamarlo por su nombre, que no se contagia. No hay nada más indigesto cuando te está viniendo una náusea que un tradicional enunciado rosa, ni primperan ni pollas.
A mí el cáncer de mama no me está enseñando nada que no supiera ya, porque lo de apretar los dientes con el cuchillo en la boca reptando por la jungla lo aprendimos con Rambo en los años 80 y con el SIDA en los 90. 
Por eso te digo.
Y yo prefiero cultivarme con tutoriales y no a base de devastadores efectos secundarios. Pero vender una imagen pastelosa del cáncer de mama está de moda. Todas sobrevivimos felices y estrujando la naranja de lo positivo hasta dejarla seca, nos sobreponemos valerosamente a toda la mierda esta y somos unas mujeres admirables que no reniegan de dios ni un solo día durante el periplo, y que nunca, nunca, sienten ganas de morirse, ni tienen miedo, ni lloran sentadas en la taza del váter mientras se cagan patas abajo, literalmente, sintiendo piedad por sí mismas y refocilándose en la pena, arrancándose la lengua con las manos para poder llegar a lamerse las heridas más lejanas, y por ende, antiguas.
La actitud positiva es el mensaje, y no podemos ser débiles ni quejicas porque eso hace que el tumor, ese hijoeputa por el que están machacando nuestro cuerpecito, se haga más grande y nos mate, algo que no encaja muy bien en las estadísticas actuales. Quedaríamos fuera, porque sólo se dan las positivas.
Pero no todo es tan rosa, perdón por insistir. Hay días morados y días negros, y días grises y amarillos. Como los días de cualquier mujer y si me apuras, de cualquier ser humano. Ni estamos nunca felices, ni nos sentimos siempre una cagarruta, esa es nuestra grandeza y nuestra salvación, con cáncer o sin cáncer.
Que nos cuenten también los días malos, y las cosas feas del tratamiento contra el cáncer de mama, que a mí me estriñe mazo y me sangra el culo. Y que nos los cuenten todos los enfermos de cualquier cáncer, a ver si ya por fin los blogs pueden servir para algo más que para endulzar los yogures de media tarde. 
Que nos tienen que quitar las tetas para que no nos muramos, joder. Para mí es muy traumático, putas sonrisas ya. Y que nada volverá a ser como antes, por más que nos lo contéis con un lazo rosa en la solapa.

martes, 30 de septiembre de 2014

Otonio. III

Pero qué guapo estás con tu cara de Lolita y esa reducción de estómago apolillado, tras un verano preñado de cloro y verbenas. Cómo se te ralentiza el pulso, maestro.
Si te publicaran un libro cada año, ¿sería de hojas perennes o caducas? Siempre me hago esa pregunta mientras aso castañas, cuezo membrillos y toda esa movida de las moras. Trae la guitarra mientras me contestas, que la vamos a estampar contra el suelo y cuando tengamos quince buenos pedazos, haremos la chimenea más bonita del cuatrimestre. Menos flipe es mirar el fuego desde un fuego, claro.
Egoístamente hablando, tienes unos ojos preciosos: Amarillento Chásis, Terroso Canuto, Passion Cobre... Los colores contigo son como una barbacoa de sardinas, que no le gusta a todo el mundo pero en la que igualmente te puedes poner ciego de calimocho. 
Y la luz, que parece que llevemos un poniente entre las cejas. Te lo curras guay.
Todos ahí con nuestro lío de disfraces, lo que te debes de reír, cabrón.
Un beso.




De dónde venimos: Otonio y Otonio II


jueves, 28 de agosto de 2014

Menos ciegos y más citas

Nos habremos dicho nuestros nombres por whatsapp después de chatear como Nerea33 y UnodeTantos un par de noches, siendo generosos con las coincidencias, el interés mutuo y la cantidad de alcohol ingerido mientras tanto.
Conocer a una persona tiene hoy el encanto de la tecnología, y sus rutas son inexorables: del anonimato, a la cercanía del emoticono, y de la voz distorsionada por el micro del smartphone, al shock de tenerla delante.
Las citas a ciegas pueden ser un modus vivendi solo si aguantas sus pollazos: la tensión de la ruleta, el encanto de comerte de un enorme ñamñam las expectativas del éxito, la delicatessen del morbo. Esa sensación previa de llevar grabado un «voy a tener potra» en la frente mientras buscas con la mirada una camisa negra y unas gafas hipster. Esos minutos interminables en los que deseas fervientemente que cuando escribió correctamente a gusto no fuera fruto de la casualidad o del corrector ortográfico, y esté convencido realmente de que se escribe separado. La inquietud del ojalá, por favor, que sea ese tan guapo que está apoyado ahí en la entrada de la FNAC y a quien le acaba de dar un beso la zorra esa, zorra, hija de puta, pues entonces cuál es.
...ojalá esos minutos fueran eternos. Ese cosquilleo. Ese tonto desasosiego. Que no pare nunca la tragaperras de girar los ojitos, que el azar te baje las bragas lentamente, y no se pase never la emoción del momento. Ese momento previo a que se plante delante de tus napias un señor que coincide más o menos con lo que te habías imaginado, y ofreciéndote un cubo de agua fría te pregunte si quieres que llame a los medios mientras te la echas por encima o si te la vas a beber.
Pero todo pasa. Ya le tienes delante y aguantar el tipo es un arte. Quién ha dicho que la cortesía hoy no está de moda. Siéntate aquí en esta terraza está bien, sí, te gusta, es perfecta para empezar a conocerse, y cuéntale por qué estás allí, qué buscas, quién te hizo daño, a quién votas, por qué dios te ha abandonado, los dientes de leche que guardas en la cajita de nácar, si has traído condones, a qué hora entras mañana, lo que opinas del pulpo a feira, si tienes miedo, cuánto mides descalza, que tuiteas compulsivamente, tus divorcios y sus causas, por qué prefieres una piscina de olas para suicidarte, cuántos kilómetros os separan, la talla de los brackets, si te gusta leer, pregunta el pavo, tu malestar favorito, la excusa más votada, si el cuscús con cordero o con verduras, la emisora que escuchas, el ritmo que más te gusta, cómo te imaginas la menopausia y por qué no montas una pyme.

                                      Pregúntale lo mismo, que vea lo que jode.

Beberemos y comeremos juntos y nos empeñaremos en pagar a medias. Que se nos salga la paridad por las orejas, mi vida, que tú no lo sabes aún, pero ya eres mi vida, con tus ojos miopes, y tus manos de leñador y tu espalda-montaña. Seremos iguales para pagar las copas, pero a mí tú me gustas mogollón y me imagino en tus fuertes brazos mientras me untas el paté de cabrales por el cuerpo, y pasándome el revuelto de la casa de tu misma boca, sí perdona, yo con Beefeater, también, sí, estaba pensando en nuestras cosas, claro que te espero mientras vas al servicio, vida mía, mi amor, desconocido mío.
Tras dos horas de pesquisas mutuas remataremos el formulario y estamparemos nuestra firma en todas las hojas por duplicado. Se hará tarde y ya no seremos unos críos. Caminaremos hasta el coche y a tomar por culo el encanto de pedirte el teléfono porque lo tenemos hace quince días de interminables saluditos bip antes de dormirnos.
Otros dos besos, tío, me parece ya demasiada cortesía, y esa manía de respetar el espacio vital una leyenda urbana, por favor, acércate más, rodéame la cintura como si tal cosa, ponme un mechón de pelo tras la oreja, algo, un gesto que nos ahorre la tirantez de la despedida, llámame Nerea, no sé, hijo, algo. No destruyas el Lego Friends que llevamos toda la tarde montando, pieza a pieza, sin mirar las instrucciones, no seas así de bruto. Que se te note la dignitas, los master del universo, tus horas de gimnasio y la capa de superman con la que fantaseé yo en mis más húmedos sueños.

Rellenaremos los huecos con tres frases hechas y miraremos ambos tu reloj de diseño mientras me sueltas:
-¿Te llamo entonces? 

                                           Haz lo que quieras, hijo de puta.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Vete a la mierda

Una vez osé hacerle una crítica de mierda a un escritor profesional porque escribía dos veces la expresión "de mierda" en una reseña literaria que se salía de los estereotipos literarios de mierda, en tanto eran precisamente esos "de mierda" los que le daban una frescura y un desparpajo que sólo he visto yo permitirse a este otro escritor y famoso columnista que se inventaba palabras y del que ahora mismo no recuerdo el nombre. Mi crítica iba en menos de 140 caracteres de mierda, y me dio pie para plantearle una colaboración literaria, de mierda también, que él rechazó elegantemente -supongo que haciendo caso de su instinto- con bellas palabras elegidas al azar, con las que terminaba concluyendo que la mierda, en definitiva, nos es absolutamente necesaria.
Y estuve de acuerdo.
Por ejemplo, está claro que tener un mal día no es comparable a tener un día de mierdaUn mal día lo tiene cualquiera, sí, pero tener un día de mierda es apoteósico, es dramáticamente excesivo, un día descomunal, una bestia parda de día. Cuando le dices a alguien que has tenido un día de mierda poco más hay que añadir al respecto, salvo que sea para matizar texturas y, si procede, el color.
Ni tampoco escuchar lo que opina fulano de mengano se parece lo más mínimo a tener que tragarse las opiniones de mierda del primer cabrón que se te cruza por la mañana en el portal, que además es que ni te interesan. Y llevar una vida de mierda  poco tiene que ver con vivir a secas: se te llena la boca de rencor, con la mierda, te comes todas las pollas de tu vida de golpe, y si consigues que la vibración simple de la punta de tu lengua en la zona alveolar sea bien, pero que bien larga, cuando dices "mierda", más lograrás transmitir al receptor lo patética que es tu vida en ese momento en que te la están peinando. 
Tenemos trabajos de mierda, con sueldos de mierda, algún verano hemos conseguido organizar unas vacaciones de mierda, incluso hay años enteros de mierda, casas, libros, sensaciones y amigos, todos de mierda. Agáchate que no veo una mierda, estoy con la mierda hasta el cuello, aquí no traigas tu mierda que bastante tengo con la mía, ese tío es un mierda, mucha mierda esta noche, comemierda, pisamierdas, me cago en mis mierdas (redundancia, para mi gusto), esta no se come hoy una mierda, me importa una mierda lo que tú digas, hoy nos cogemos una mierda y una mierda que te comas tú, cabrón.

La mierda está presente en nuestras vidas desde el primer meconio, y a partir de ahí, todo será una mierda. ¿Que habrá mierdas más bonitas que otras? ¿Que en algún momento nos parecerá que somos felices y podemos con todo? Ya vendrá alguno a restregarte la mierda por la cara, no te preocupes. O a decirte que la mierda flota y que te vayas por la sombra que la mierda al sol se seca, para rematar filosóficamente que el día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo.







miércoles, 13 de agosto de 2014

Yo quiero follar contigo

Y medirte las cuencas de los ojos con el metro de mi lengua, trasteando con pestañas, de parranda. [Las pestañas son cada uno de los pelos que hay en los bordes de los párpados para la defensa de los ojos, y unas putas.Enroscar mis manos en tu espalda, por evitar los estragos de tu nuca, y preparar dos cafés con leche y ensaladilla rusa y las clases de mañana. Cogerte los apuntes de las mismas babas, asombrarte con un test de velocidad de descarga por sorpresa o catapultarte a la fama. Nosotras parimos, pero tú eliges, que para eso eres el tobogán de mi colegio.

Yo quiero follar contigo y amerizar en tu boca mientras das una calada a mi manzana. Y soportar la idea de lo efímero con mi mejor galope, el de domingos, ni se te ocurra proponerme abandonar tu cama antes de vísperas o nonas.Y si te lo digo a la cara nos toca el extra de verano y nos vamos a vivir a tu cisterna. Ahora que me acuerdo, escupirnos es como ducharnos juntos, pero sin jabón que arbitre nuestros juegos. Una vez te contaré aquel asunto en el que hice tanta espuma que me creyeron profesor de Historia Moderna [La Edad Moderna es el tercero de los periodos históricos en los que se divide tradicionalmente en Occidente la Historia Universal, y un tipo de droga muy apreciado por sus propiedades alucinógenas.]

Yo quiero follar contigo porque callas, y porque los gemidos los dejamos para las tostadas del día siguiente, cuando anochezca y tengamos que ir a darnos cuenta de lo solos que estamos. Y también porque no hablas, ni preguntas si he matriculado a mis venas en tu carne, o si he traído el escozor puesto. Y porque no dices nada si le pongo minifalda a nuestras ganas, somos sus padres y las vestimos como quiero. Fírmales las notas, vida mía, que se te note la potestas por debajo de la sábana, empinada, altiva, chorreante. [La soberbia es un sentimiento de valoración de uno mismo por encima de los demás, y una postura del kama sutra.]

Yo quiero follar contigo, y no se hable más de lo importante.




martes, 4 de marzo de 2014

Por el monte de Venus las sardinas...

Mira, estoy hasta el coño de los libros. 
Tan silenciosos, tan inactivos, sin musiquita ni hiperenlaces, sin posibilidad de encontrar una frase que te había gustado doscientas páginas atrás. Tan mosquitas muertas, sin hacer nunca un reproche, ofreciendo lo mejor de sí mismos sin pedir nada a cambio, tan falsos.
Con su formato anticuado, unas hojitas cosidas o pegadas y dos tapas de cartón. Interpretables, subjetivos, me pone de los nervios que cada uno pueda entender a su aire lo que dicen. Con ese color parduzco que van cogiendo según les pasan manos por encima, imperturbables, dejándose poner la manzana en la cabeza siempre que tengas ganas de fiesta. Con su olor a tinta vieja, caducado, vestigio de otras cavernas.
Qué asco, los libros, ocupando vacíos que podríamos llenar con preservativos y con babas, decorando paredes y sirviendo de peanas siempre que necesitas ponerte de rodillas para chuparle la polla a la vida. Invariablemente afables, amoldándose a tus estados de ánimo, qué náusea, sin roncar por las noches cuando descansan en la mesilla, sin agobiarte con sus abrazos, y evitando mostrar su decepción cuando los castigas con tu indiferencia. Confesores educados, silentes pizarras de escuela, humildes DJ's, amantes perfectos, qué hastío, por dios, sin criterio ni opinión, que no te juzgan así te estés muriendo de sopor, te follan por detrás sólo cuando te dejas, te hacen soñar, canalizan tus emociones sin pedirte 50€ al terminar la sesión, panaderos de las vísceras, trashumantes, qué empalago, virgen santa.


Hablad, pinchadme música, transmitidme un mensaje, una señal, una lección de vida, ¡algo!, ubicadme cuando me sienta perdida, ayudadme a desconectar de la rutina, provocadme cosas, joder. Llamadme desde la estantería, ponedme rojos los ojos, haced que sienta miedo, rabia, deseo. Acompañadme cuando más sola esté, ocupad mi maleta, contadme historias de amor que yo no vivo, causadme risas, bautizadme, que estoy hasta el coño de vuestras vidas muertas.
Que soy vuestra.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Cómeme el coño

Acércate sin prisa, que si me tienes ya dispuesta como una portería sin conserje, ganamos el torneo. Cuando una mujer abre las piernas sin aviso, cualquier voyeur al dente será capaz de verle el heart latiendo.
No somos ejércitos, recuerda. Las embestidas, de los toros; y así como cuando encuentras por el campo un diente de león no te acercas como un loco a escupirle el aire, sino en lento y delicado sopleteo, de igual forma ven a un coño, que al final te colgarán medalla, pues no siempre bajar una cabeza tiene por fuerza que ser al descabello.
Démonos un festín, tú comensal, yo bogavante entera. Babette será tendencia en mis entrañas mientras dure la meseta.
Hónrame con tu aliento entre mis piernas, verás cómo mi monte sí es orégano; y azúcar, y fumet de gambas, y palafito en la marisma salobre de mi aldea. 
Presióname los labios con tus labios, dibujando pentagramas de saliva en mis riberas. Muchos. Cientos. Musicalmente, qué melodía es comparable con dulces jugos resbalando en allegretto. Despacio, no tengas prisa. Si decides abrir los ojos un segundo, y levantar la vista hacia la cumbre, podrás ver que, si es por enigma, todas llevamos una Gioconda dentro.
¿Sabes cómo se atraca un banco? Pues así no. Una mujer abre su caja fuerte de buen gusto a punta de lascivia, obscenidad y letras. No tenemos que envidar ni cotizar al alza, tú pones la lengua, yo el parqué, y a barnizarlo -arriero- yo te enseño. Y si engancho tu cabeza con mis manos no imagines que es por miedo: es por Eros, que se sienta enfrente a grabar un primer plano del empeño que chorrea por tu boca, por mi vientre, por tu beneficio neto. Por la sábana bajera y hasta bien entrado el entretiempo.
Húrgame lo eréctil, que hace frío. Que los días son eternos lubricando sola y aprendiendo nuevas formas de mover los dedos para no caer en la rutina de lo viejo. Insiste con lo tierno, insiste, insiste, insiste. Repetir meneos es la clave, toda vez que me oigas, obstinada, en el jadeo.

Invéntate bandazos, temblores nuevos; a tomar por culo el clasicismo aburrido de los vivos-muertos que repiten movimientos aprendidos en la clase de Historia del Deseo, no les copies el apremio: disfruto más con tu disfrute que con mi propio traqueteo.
Si me sujetas los muslos mientras tanto, aventúrate a mover las manos hacia el centro comercial de mi entrepierna. Compra, compra compulsivo, entra por mis tiendas, bírlame el escaparate, pásame sin premura la tarjeta de tu lengua, una vez, doscientas lenguas: me instalé un datáfono constrictor que asegura bien la compraventa. 

¿Ves aquel vestido que está tirado -ya es cadáver- en la moqueta? No me lo pongas nunca.
Vuelve a empezar. 
Vuelve a empezar la juerga.

miércoles, 10 de abril de 2013

B de Bájate las bragas tú

Me cansa recoger bragas de suelos extraños que no paseo más que en noches de imperiosos encontronazos vitales. Cuando están tiradas por el piso son el símbolo de la urgencia del amor, da igual que sean sexys, atrevidas, elegantes, picaronas, sobrias, de pantera, con sabores, sensuales o aputanadas. Las bragas caídas en una moqueta desgastada son un otoño inesperado, aunque se folle en junio. 
Desde que a una le hacen el primer desgarro en la parte izquierda del pecho -perdiendo así la virginidad de la víscera- las bragas pasan a ocupar el segundo plano que tendrán ya siempre hasta el fin de tus días, pues una vez descubierto que no protegen, sino que incluso estorban, hasta te permites el lujo de ir a veces sin ellas al curro.
Y cuando llega el momento crítico, asimismo te molestan. Chico, yo qué sé, parece que te queman y a la vista de los machos se vuelven invisibles, no existen, las ignoran. A tomar por culo las bragas y las interminables horas que te has pasado recorriendo tiendas para buscar unas que te queden bien cuando llegue el momento del amor, como nos gusta llamarlo en las fiestas de pijamas. Ellos no se paran a recorrerlas suavemente con los dedos, ni a acariciar el tacto que tienen, ni a observar cómo adornan tus caderas. Si la mujer pudiera aparecer en pelotas de repente en lo más caliente del combate, ahorrándoles trabajo, nos abandonarían menos. Yo una vez hice el amor con la condición de que se hicieran valer mis bragas y de que, al menos por un buen rato, hiciéramos notar ambos su presencia de forma animal pero educada. Nunca supe si llegó a gustarle o le pareció una idea vanguardista, terminó perdiendo mi teléfono.
Si alguna vez diéramos con un hombre que se recree por iniciativa propia en nuestras bragas antes de atacar, deberíamos tratar de conservarlo en nuestra agenda, hacerle un huequecito en nuestras vidas y cocinarle leche frita fuera de temporada.

Bajarse las bragas es un acto obsceno, de hembra pura, y hay que saber hacerlo con estilo para no caer de bruces en el polígono más cercano. Nadie se atrevería a enseñar sensualidad en los colegios, ¡que sean autodidactas, coño, y nos sorprendan! (pensarán). Siempre puedes sentarte y arrastrarlas escondidas en los vaqueros, y en ese caso, me da a mí la sensación de que te quedas desnuda antes de tiempo y les damos la razón a los impacientes antes mencionados. O también queda la opción de dejarlas puestas, en plan "a ver qué pasa", pero corres el riesgo de que te las quiten ellos y suele ser peor. Arrancar bien unas bragas sólo es un éxito si él es actor y tiene experiencia demostrable.

Dejadnos pasear por vuestras camas con las bragas puestas. Degustad sus transparencias, sus encajes, sus blondas y puntillas. Amasadlas con la lengua una semana entera, intuid lo que allá abajo esconden, disfrutad de su barrera, que siempre hay premio.
No hay nada más triste que recoger unas bragas después de follar con un apuesto desconocido que nunca dejará de serlo. Yo últimamente ya ni me las pongo.