Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.

viernes, 26 de junio de 2015

Qué puta mierda ser feliz

Si te pones a pensarlo, los seres humanos no somos felices todo el rato, por algo.
Cuando eres feliz te pasan cosas que a los demás le importa tres cojones, y eso te convierte en un claro objetivo para que te odien. Te brilla el pelo aunque lleves tres días sin lavártelo, vas con el coño chorreando por todas partes, de lo que te resbalan las angustias de tus semejantes. Tienes un humor excelente y no puedes parar de reírte con tus propias bromas privadas. Te despreocupas por la hipoteca, el ibi, la tradición oral y las elecciones municipales. Pasas del Eurogrupo, de Supervivientes y de Comala (como metáfora del purgatorio, se entiende). Ni te acuerdas de mirar la composición de la mierda que comes y siempre encuentras una justificación positiva cuando se te terminan los datos de tu tarifa de internet antes del día 30. Dejas de implicarte con la sociedad que te ha visto crecer, y lo peor de todo: ser feliz le hace un torniquete a tu vena creativa, te cierra el grifo del ingenio, te distancia de la tinta mientras te tiende un puente hacia otros escenarios que -no te lo pierdas- te hacen muy feliz, como por ejemplo podría enumerar ahora miles de sitios. Ni putas ganas tienes de ponerte a escribir lo que te bulle por dentro, porque eres feliz sintiéndolo, no necesitas contárselo a nadie, ni necesitas absolutamente nada que tenga que ver con la comunicación de masas. 

Y luego lo del tema de la envidia.

Pero sobre todo, qué frívolo decir que eres feliz. Y lo indecente de sentirlo de verdad, o sea, que eres feliz, colega, ni vergüenza te da reconocerlo, o mira, incluso ni lo vas a mencionar porque todo te da igual, todo lo que no seas tú mismo y lo que te lo causa.
Pero si es que se te nota, hija de puta. Tú eres feliz... Si te chispean los ojos, si no te molesta que el vecino tenga un perro ni que tu compañera de trabajo insista con el palito en la rueda.  El hambre del mundo o el paro son un eco lejano de una guerra que no es la tuya, porque cuando eres feliz te la sopla todo, engordar comiendo todo lo que te apetece, la antigua capa de ozono, la nación y los presupuestos. Ser feliz consiste en eso, en hacerle un porro bien cargado a tu conciencia y que lo empiece ella, que ya te lo pasará si quiere, eso es lo de menos. ¿Por qué? Porque eres feliz, señores.
Y ser feliz es un asco, joder. Ni unos malos guantes de boxeo que ponerte, de las poquitas ganas que tienes de pelearte con nadie. Ni una puta noche de insomnio, para poder pensar ahí en tus cosas, agrandando los recelos, enquistando los rencores y saboreando venganzas. Esas noches memorables de rumiar conceptos universales para hacerte con ellos una cataplasma talla única y un taparrabos marca blanca que no te importe destrozar en el fango de la auto-lástima. Esas noches.
Pues todo eso a tomar por culo cuando eres feliz, au revoir, arrivederchi. Adiós a los complejos, los trastornos, los nudos vitales, la confusión, los errores y la inestabilidad emocional. De repente una senda nueva se abre ante ti, una new ruta del bakalao, un carril bus-vao entero para ti. Sobre qué coño vas a escribir, qué vas a contarle a la gente, ¿que eres feliz?, ¿que te lo estás pasando de puta madre? ¿Acaso es posible escribir algo en condiciones cuando no sientes rabia, dolor, frustración, incomprensión, miedo, angustia vital, migrañas o sensación de abandono? Las mejores parrafadas nacen de la insuficiencia cardíaca, y yo estoy feliz, pero vaya puta mierda.