Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.

lunes, 9 de junio de 2014

Que si me gusta leer, pregunta el pavo.

Por qué respiro. Por qué preparo macarrones con tomate. Por qué me cepillo los dientes durante dos minutos. Por qué abro los ojos por la mañana y tomo conciencia de mi cuerpo. Por qué me duele la herida rasposa de una felonía. Por qué puedo verme las venas de la mano o apretar un kiwi maduro hasta que se revienta entre mis dedos.

Leer es mi hábito alimenticio, la loba que amamanta a mi Rómulo. Y mi remo. El atracón de las fiestas, el menú del día, mi guiso.
Leer es mi postura, mi actitud, mi gesto de tres mil minutos de silencio.

Subir una colina nunca es tan fácil como cuando abro un libro, ni estampar una máquina de escribir en la cabeza de una loca. Atracar un banco es tan sencillo como abrir la nevera. Ponerle los cuernos a tu esposo, aminorar la marcha, abrir a machetazos una senda en la Amazonia, preparar veneno, pintarte los labios para besar al asesino, organizar una fiesta de aniversario a la que no asistirás, ocupar el parking del vecino, separar la paja del grano, ofrecer becerros en sacrificio, ver dos lunas en el cielo, hablar con los gatos, temblar por un viaje, morder a un perro, tener un hijo, perderte en los montes Apalaches, hacer el amor con Cleopatra.

Intenta explicarle a alguien que no lee que puedes hacer todo eso con un rapid eye movement.

Leer es mi barranquismo particular, mi servicio secreto. Por qué contratar una agencia de detectives cuando puedes descubrirlo por ti mismo. En la cama, mientras hierve el agua, en autobús o en metro, apoyá en el quicio de la mancebía, en enero o en Gandía, en sillón, en silla, en el trapecio, en un banco, sujetando una pared, sentada en el suelo de baldosas amarillas, recostada, en clara actitud de rebeldía, en un césped de piscina, en aquel momento en que cambió tu vida, dentro de los armarios roperos, en una balda, barandilla o repecho del camino, en los muretes del cementerio, en las cornisas, en las finas líneas que separan mi libertad de la  tuya, en los tableros de ajedrez gigantes, en la alfombra, en una playa mientras fantacocacola, en la espalda del amigo, en la escombrera.

Se me empotran las letras por el pecho, con lujuria. 
¿Dije pecho? Por los ojos, por las uñas, por el hueco intercostal del de la Biblia, por debajo de la lengua, en las rodillas. Mis pezones, la nariz, el resultado final de dividir entre dos todo mi vello, la profundidad de mi garganta, mis reflejos, la perfecta arruga de mi ceño. 
Si leer es una fiesta, por qué no emprender con una pyme de flyers.
Cuando leo muero. Muero y vivo. Se me acaba la hipoteca, la tontería, la tristeza, la vida. Empieza otra hipoteca, más tontería, otras tristezas, miles de vidas.
Leer es mi botón de inicio. Mi leer es mi botón de inicio. Mi chapuzón, mi zambullida. El libro es el "lo otro", el resto. Leer es mi inmersión, mi curso de buceo, mi alud, la hostia que te da tu madre cuando llegas tarde, la tabla del cuatro que recito, leer es quedarte un poco viuda.
Leo porque respiro.
Leo donde quiero.


Siento.

viernes, 6 de junio de 2014

Que no nos líen con las luces

Desde pequeño las había cumplido todas. Nunca un papel al suelo, el tono de voz adecuado, saludar al llegar y despedirse al marchar, las cosas se piden por favor, obedecer a los mayores... Las reglas formaban parte de su vida naturalmente, como el mirar.
Los problemas que pudo llegar a tener por este motivo, en sus primeros años de colegio, fueron insignificantes comparados con los que vendrían después. Los niños reconocen en sus iguales el duro ejercicio del aprendizaje y casi siempre lo respetan.
Su madre contribuyó a afianzar la instrucción con constantes muletillas, que le servían de recordatorio cuando su pensamiento infantil se alejaba de las cotas marcadas por los adultos.
A medida que avanzaba por los meandros de su formación académica, empezó a percibir la discordia lógica entre la rebeldía y la ortodoxia. Era tan tenue la línea que parecía separar la cortesía de la sumisión, que en alguna ocasión tuvo que dibujársela con trazo grueso en las narices al más chulo de la clase. Necesitaba cumplir las normas, pero no estaba dispuesto a tener que dar explicaciones a todos los insurrectos que se fueran cruzando en su camino.
Cumplir las normas para él era mantener el equilibrio de su vida, los carriles por los que transcurría el tren de su estabilidad. Algunas mujeres, en la adolescencia, habían intentado convertirlo en el díscolo del barrio que las hiciera sentir diferentes, pero salvo aquella que supo anteponer la evidencia a sus deseos, contándole antes de tiempo lo que tenían planeado hacer por la noche, el resto se sintieron tan decepcionadas como una rodaja de piña en una pizza marinera.
Se sentía a gusto cumpliendo el protocolo, satisfaciendo los plazos, formalizando la documentación que manejaba a diario. Era bueno en su trabajo y su manía de aparecer siempre con traje le había valido un mote del que no había querido ni enterarse. La gente es feliz etiquetando conductas. Entendía perfectamente a aquellos que odiaban su asombrosa capacidad para ceñirse a los formularios, resolver los expedientes en tiempo y forma, amaestrar certificados, fichar al entrar y salir y tardar treinta minutos exactos para la pausa de media mañana, llevar la información preparada en cada reunión semanal, y además, disfrutar con ello. Las estructuras mentales no están al alcance de cualquiera.
Por eso se sentía tan bien con lo que estaba haciendo. Transgredía sin transgredir. Sabía que estaba saltándose los límites sin saltárselos. Era la puta paradoja, la rebeldía dentro de la norma. No había nada más perfecto en la vida, y lo estaba saboreando a cada minuto que pasaba metido en su coche frente a aquel semáforo en rojo que llevaba estropeado ya casi nueve días.
Del desconcierto inicial que provocó su decisión de quedarse parado hasta que se pusiera en verde se habían sucedido varias fases entre los espectadores de su función, que habían ido pasando de la extrañeza a la confusión, de la novedad a la anécdota y finalmente, como si la noticia de que el niño había mordido al perro fuera algo con lo que se desayunaban todos los días, a la apuesta.
Tampoco quedaba ni rastro de los primeros conductores irritados que le gritaban insultos desde sus vehículos. Eran más los que ahora traían a sus hijos o a sus novias a contemplar el espectáculo del hombre "que ha decidido no cruzar el semáforo hasta que se ponga en verde". Los reporteros gráficos menudeaban por los alrededores sobre todo por las mañanas, y algunos le llevaban enormes vasos de papel rellenos de exóticos cafés que él aceptaba siempre con una sonrisa en la boca.

-¿Hasta cuándo piensa quedarse aquí?
-Hasta que la señal luminosa me dé paso.

Rebelarse no es fácil si no te ponen el pistolete en la bandeja.

Intentaba mantener el habitáculo lo más higiénico posible. Las cuestiones de evacuación y limpieza se las facilitaba el dueño del bar que daba justo a la acera. Había un vecino que se pasaba las horas muertas apostado en una ventana del edificio cercano, observándole con unos prismáticos. Algunas noches, cuando sus músculos se resentían por la falta de movimiento, y la contaminación lumínica y el ruido de la ciudad le impedían conciliar el sueño, podía verle asomado allí, escrutando la oscuridad, el francotirador que le encañonaba con la tenacidad y el insomnio como únicas armas, como si él estuviera en condiciones de ofrecerle un espectáculo interesante.
Los primeros días, tras haber manifestado su decisión a un agente de policía que le preguntó al respecto, los equipos de operarios municipales no dejaron de desfilar por el semáforo para arreglar una avería que aparentemente no tenía ninguna complicación. Peritos, técnicos, electricistas, el concejal de obras con su séquito, un equipo de estudiantes en prácticas y hasta dos albañiles que aseguraban que eso había ocurrido hacía años en otro distrito y que podía ser una maniobra de la oposición. El semáforo seguía en rojo, eso era innegable.

También desfilaron por la ventanilla de su coche innumerables personalidades para hacerle cambiar de opinión, pero hombre, cómo no va a poder usted seguir circulando si se trata de una avería, haga la vista gorda, no nos haga esto, podríamos denunciarle por entorpecimiento de la normalidad, es que no tiene mujer e hijos que le esperen en casa... Pero todos sabían que estaba cumpliendo las normas y no podían hacer nada contra él. 
A medida que pasaban los días iban acercándose a la ventanilla personas anónimas, que le preguntaban qué hacía allí, y terminaban pidiéndole consejo sobre tal o cual cuestión que les encogía el corazón en sus vidas cotidianas. En el barrio le llamaban el Papa-móvil.

La mañana del décimo día se despertó rodeado por una cinta policial plastificada y dos energúmenos que trabajaban para una contrata del ayuntamiento que impedían acercarse a nadie a menos de cinco metros de distancia de su coche. Cuando preguntó le informaron de que el alcalde había decidido actuar con firmeza si persistía en no deponer su actitud beligerante.
-¿Qué hay del semáforo?-preguntó. 
-Tienen que mandar unos latiguillos desde la Unión Europea y se prevé que tarden en llegar veinte días.

Así que la globalización era esperar unas piezas de Alemania, pensó sonriendo.

Murió deshidratado cuatro días después, justo cuando el semáforo se puso en verde. Y en el informe del forense que nadie llegó a firmar, se contempló la contumacia como posible causa de la muerte.