Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.

miércoles, 19 de junio de 2013

Segunda, Amor, y ya me canso.

Amado mío:
Sigues sin venir.
No habías llegado aún a la vuelta de la esquina cuando terminé por fin de hornear nuestro pasado, tan negro y crujiente como te gustó siempre. Es una pena que tengamos que comerlo frío, en póstuma venganza del angelito del carcaj. Mi madre nunca me enseñó a cocinar bien el postre.
Ya no lloro, amor, que ya no sé, barreño mío, pero tengo perlas de rocío como okupas en los ojos, y amenazan con verter mejilla abajo cada vez que nos sentamos todas a tomar el té mientras miramos las fotos del último orgasmo que fingimos juntos. Te gustaría ver cómo evoluciono con los gestos.
Con el ruido del portazo al despedirte se ha desconchado un poco el arcoíris que me dejaste pintado en el espejo del baño la primera vez que salimos a cazar juntos y no encuentro mis pinturas de guerra para restaurarlo. El galerista de la esquina dice que el sfumato no es solamente una técnica pictórica, sino una salida airosa si se sabe amortizar bien. Me propuso hacer una exposición con tus destrezas.
Me he colgado el cartel de “don’t disturb” en el pezón izquierdo y cada vez que me avisan del servicio de habitaciones, pido que me sirvan un reclinatorio bien caliente para rezarte quedo, mientras le enciendo velas al director del hotel en que has convertido mi vida con tu huida, cobarde mío, fugitivo de mis ciclos, evasor de besos.
También he vendido en e-bay mi apellido de soltera, la prudencia que nos sobró aquella nochebuena y el braguetazo que auguraba mi madre cuando te conoció en el baile del palacio. Con lo que me han dado he comprado unas pistoleras que hacen juego con las botas de cowboy que me regalaste. Ahora que no estás me disfrazo menos, pero disimulo más, mi Ken, sherif de mi saloon, amor. Y no me hablo con mi madre, que se empeña en reponer el zapato de cristal que te llevaste y hacerme un vestido nuevo de princesa, para que acuda a otros bailes. Hay pespuntes con los que nunca he podido, bien lo sabes tú.
Desde que ya no estás me hago jabón, y me froto con la ropa que fuiste dejando como el reguero de migas de pan que se ofrece al infeliz antes de abandonarlo, pero me sale espuma por la boca y los vecinos llaman enseguida a los loqueros. En esos días, disimulo la mejor de mis corduras en las reuniones de la comunidad y voto siempre en blanco. Las derramas siempre fueron nuestro fuerte, acuérdate.
De unas semanas a esta parte me llamo a consultas, me eternizo con los ruegos, me deshago de los coches oficiales que me regalaste cuando novios, me auditorío, me hago torrija, amor, bacalao de mi potaje, cilantro mío. Me soplo las velas, para hincharlas y bregar a barlovento y que se cumpla mi deseo, pero olvido que vendiste el yate tras la última mudanza y que contigo nunca fue mi cumpleaños.
Me riego, pero en vano. Me abono, pero soy estéril. Me podo, pero rebrotas. Me meto entre las hojas de un libro, me aplasto, me seco, me hago marcapáginas y te indico que vas por aquí, fantaseo con que vuelves a casa, sonriente, y me lees en voz alta los dibujos que me hacías mientras yo freía las sardinas y tú me asegurabas que leerse el uno al otro era el acto sexual por excelencia. Qué bien leías, amor, mi amor, mi rapsoda, mi tenor.
Dios viene los domingos a ver una película conmigo y me pasa los kleenex mientras yo salgo por el ring a pasear el cartelito con el peso del morlaco que me has dejado aquí en el pecho, domador, cazafantasmas, torero mío.
Escríbeme y me dices qué hago yo con este amor de estraperlo, en qué periódico envuelvo ahora el pescado en que me has dejado convertida con tu salida nula; cualquier juez de pista estaría encantado de repetir el disparo, de saber que me acertaría tan de lleno.
Me destilo viva, amor, ¿no ves?, me fumo entera, me escabecho y me adoctrino, me eternizo en los gemidos, me revoco la fachada, despresurizo la cocina y desfilo con enaguas por mi cama. Me acolcho la pared del estómago y vomito dos primogénitos por día, me armo de valor y se me encasquilla cuando disparo, me trenzo las arterias y vareo las espinas que se me quedaron clavadas en nuestro último Gólgota. Me muero.

Por qué no dejas de fumar de una vez.
Tuya siempre.


miércoles, 5 de junio de 2013

Así me parta.


Una noche deseé que me follara un rayo.
Que entrara furtivo por la ventana y se enredara primero con mi lengua, elevando mi saliva a condición de cava. Nada como que te denominen en origen para tener un buen idilio de tormenta.
Que siguiera bajando eléctrico, bailón, por el hueco que deja mi garganta cuando gimo, desfiladero raso, estrechura zalamera, hasta mostrarme que el esternón también subsiste  
-esa percha del pecho que homenajea a Adán con sus soldaduras- y que libara lentamente en el espacio intercostal hasta rebañarme las flotantes como si hambre de tres días.
Como un trompo en la hondonada de mi vientre imaginé su trazo hurgando el laberinto de mi ombligo, deseando encontrar preguntas para todas las respuestas que traía, como lapa, el trueno, y calibrando el terreno para construir un gran burdel en el cono sur de mis entrañas. Preferí que emprendiera a que abordase, mas, puestos a atravesar, que siguiera resbalando en cualquier caso.
Aspiré a que me encontrara -alevoso- entre las piernas, la herida chorreante que necesitamos todas restañar a base de lengua, espada ardiente o de mentiras. Que me partiera en dos mientras salía a nube y su descarga deliciosa bailara en mi coño el vals de apertura nupcial hasta el siguiente pararrayos.