Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.

miércoles, 22 de enero de 2014

Equívocos 2.

Estaba a punto de mandarlo todo a la mierda cuando el sonido de mi teléfono vino a sacarme las castañas del fuego.  El cliente se estaba poniendo chulito y no estaba dispuesta a rogar el auxilio de mi jefe por el capricho vengativo de un constructor que se creía el Ministro de Urbanismo. Tendría que conformarse con mis consejos profesionales para desplumar a la zorra de su próxima ex mujer. El ambiente del despacho estaba enrarecido y a mí estaba empezando a faltarme la paciencia, el aire y las ganas de seguir allí metida hablando de pensiones, denuncias y bienes gananciales.
Aprovechando una de sus peroratas miré con desgana el contenido del sms que acababa de recibir. Lo leí tres veces. La segunda, con los ojos muy abiertos. La tercera, con una sonrisa en la boca.
“Escríbete mi nombre en tu coño, princesa,
escríbete Jose y llévame ahí todo el día...”
Habituada como estaba a escuchar veredictos y condenas lo primero que me salió del alma fue juzgar a la persona que había escrito aquello, un hombre que reclamaba a una mujer semejante majadería sólo podía ser un crío, un inmaduro. Yo tenía ya cierta práctica en descubrir Peterpanes cuarentones que no estaban dispuestos a ceder ni un ápice de su independencia para compartir la vida con una mujer como yo, ávida de camisas blancas que planchar los domingos y ansiosa por tardar más de diez minutos en hacer la compra semanal.
Mientras oía a mi cliente hablar como en sordina, recordé los meses que llevaba sin tener una cita con un hombre. Respiré profundamente y tomé la decisión de obedecer el mandato que me había enviado un desconocido por error. Era lo más parecido a una aventura que tenía desde hacía quince días, cuando el vecino del segundo me pidió que le prestara unas bolsas de basura.  
Escogí el rotulador gordo más cercano, como si fuera una polvera, y alegando problemas femeninos,  salí del despacho. Entré en el servicio de minusválidos y aproveché su inmenso espejo para tatuarme casi con rabia un “Jose” justo encima de mi coño, donde siempre había espacio libre. Si me dio la risa no lo recuerdo. Con los vaqueros aún por los tobillos volví a leer de nuevo en la pantalla del móvil el encargo que no era mío, pero que había resuelto cumplir. Escuchar la orden en mi cabeza me provocaba escalofríos por el vientre y una vez recompuesta externamente, me atreví a escribir una pintada en la puerta: “Jose, soy toda tuya”.
Al volver, el gañán que hasta hacía diez minutos sólo me inspiraba rechazo, me pareció un pobre hombre y terminé de escuchar pacientemente sus maquiavélicos planes de futuro.
Cuando por fin me quedé sola realicé varias llamadas y aprovechando unos favores que todavía me debían, al final de la mañana conseguí averiguar la dirección y los apellidos de Jose. San Google hizo el resto. No estaba dispuesta a permitir que solamente fuera una pintada en un pubis anónimo. Sentía que la tinta negra que aguardaba paciente bajo mis bragas era como un marchamo que me había puesto Jose sin saberlo, estaba marcada, le pertenecía.
Cada vez me excitaba más la idea de encontrarme con él en una cama y gritarle al mundo “¡soy suya, soy suya!”. Si me tenían que volver a desvirgar, quién mejor que él que, sin querer, formaba ya parte de mi vida.
Pero Jose era de otra. Había otra princesa que le había robado el corazón, o por lo menos, la polla. Así que mi tarea era dura, y tendría que alargarse el tiempo que fuera necesario para conseguir que aquel desconocido fuera aguijoneado por la curiosidad, primero, y por el deseo después.
Durante los siguientes días me dediqué a dibujarme un “Jose” distinto cada mañana, con diferentes colores, con distintas poses, y terminaba siempre haciéndome una foto que enviaba sin más a la dirección que ya me sabía de memoria, con la esperanza de que su destinatario fuera uno de esos deseables maduros que yo tanto había llegado a despreciar. Vestirme para él se convirtió en el ritual que inauguraba mis días.
Ignoraba si los sobres con mis graffitis llegaban al destinatario correcto, pero el simple hecho caligráfico me llenaba de emoción más que cualquier otra cosa. Me sentía viva.
Hubo un momento, en mi locura, en que dudé si lo que realmente quería era encontrarme con Jose alguna tarde, en un hotel a medio camino entre su ciudad y la mía, o si lo más excitante era todo el proceso previo a meter la carta en el buzón de Correos. Sabía la respuesta, pero las noches eran un suplicio, me consumía el deseo, me imaginaba escenas tórridas con un apuesto maromo que me escribía su nombre por la espalda, por los brazos, por los tobillos. Una mañana me metí en una página web que contenía miles de tipos de fuentes, para encontrar nuevos modelos y que mi arte no cayera en la rutina. Empecé a frecuentar las tiendas de lencería y de repente el cajón de mi ropa interior se llenó de glamour, sustituyendo el algodón blanco con dibujos de perretes por blondas y puntillas. Llevaba siempre un rotulador en el bolso para repasar las letras a media tarde, cuando el trajín del día me dejaba el coño con un borrón de tinta ilegible, vaporoso, donde sólo un Atreyu veterano hubiera podido intuir el nombre de mi Fantasía.
Dos meses después decidí dar el paso y llamé al número de Jose. Todo fue mucho más fácil de lo que yo había llegado a imaginar. Hablamos una tarde y, con asombro, me contó lo que le había sorprendido empezar a recibir todas esas fotos, sin explicación alguna, y cómo había llegado a excitarse pensando en mí. Me confesó que cada día esperaba ansioso la llegada a casa para recoger el sobre con mi foto. Que me había imaginado en mil posturas y que estaba deseando encontrarse conmigo.
Convenimos la fecha y el lugar para conocernos. Le pedí que no volviéramos a hablar hasta entonces y yo seguí realizando puntualmente mis envíos.
Cuando le tuve delante supe que aquel no era mi Jose. Me pareció un hombre mediocre incapaz de hacer brotar ni un solo gemido de mi boca. A él le pasó lo mismo y nos despedimos sabiendo ambos que la química es de esas putas que no aceptan chulos que les cubran las espaldas.
Incapaz de resignarme a la derrota, aquella misma noche entre en un chat de citas y escribí: "¿algún Jose en la sala?". Tenía que amortizar muchas bragas nuevas.

miércoles, 15 de enero de 2014

Equívocos.

No tengo reloj despertador. La campanada de salida la da la Hassium-alarm de mi teléfono móvil de nueva generación y somos compañeras. Pero tampoco tengo nórdico, así que no es un dato relevante. Todos los días me cuesta cinco minutos salir de la cama, aceptar que en la niebla lechosa de los sueños no hay café y además, hoy, que tengo que estar a las nueve en punto en el despacho para atender al cliente más importante del bufete, un constructor por el que la crisis no ha hecho mella, que está separándose de su mujer. Entro en la ducha como el que va al matadero, pero el primer golpe de calor me devuelve la energía, las ganas de vivir, de comerme el mundo. Qué mentira, todo. Me aburre mi trabajo, las semanas se me hacen eternas y la rutina es mi mejor amiga. El gimnasio es mi segunda casa y he empezado a ver tutoriales de knitting. Soy la Bridges Jones de mi escalera, menos mal que aún conservo las piernas firmes y el culo en alto. Operarme las tetas tampoco fue tan mala idea, mamá. Pero los hombres me aburren, son tan previsibles, tan primarios, tan básicos. Estoy deseando encontrar al sensible, al apasionado, al original, al divertido. Qué mentira todo, otra vez, joder. Ya no sé ni lo que quiero.
Todo esto pienso mientras desayuno de pie un colacao con magdalenas, que es la mejor opción siempre que no se levante nadie contigo para verlo.
Mi teléfono emite el sonido de notificación y miro recelosa la pantalla. Un sms a estas horas, qué raro…

“Escríbete mi nombre en tu coño, Calabacita,
escríbete Jose y llévame ahí todo el día...”

Qué gracioso... Menudo mensaje. Desde luego, cuánto depravado hay suelto. Jose...
Menos mal que no se llama Sebastián o Miguel Ángel... Un nombre tan largo no cabe en un coño. Y la mujer a la que fuera dirigida esa petición… Igual le hacía caso y se rotulaba el nombre… Se querrán, claro, o por lo menos se desean… Vaya ocurrencias… Si es que hay gente para todo…

Al ponerme el sujetador se paseó el primer chispazo por mi mente, fugaz, escueto como un eructo, huidizo, pero no quise ni mirarlo. Ya tenía el tanga puesto y estaba embadurnando de crema mis piernas cuando dije “Por qué no”. Era una locura pero nadie tendría por qué saberlo nunca. Y estas cosas, o se hacen por error, o sólo existen en las novelas eróticas.
Cogí un rotulador negro y me coloqué frente al espejo con las bragas por los tobillos. Me pareció muy sexy la imagen que me devolvía el azogue y sonriendo escribí JOSE sobre mi pubis, justo en el espacio que quedaba libre entre el inicio de la cascada de mis labios y el diminuto parterre de vello púbico con formas geométricas que me gustaba lucir encima.
Ahí estaba yo, la prestigiosa abogada a la que todos creían conocer, exhibiendo en su sexo el nombre en negrita de un desconocido que le había mandado una orden por error. Me pareció divertido y terminé de vestirme. Al salir de casa me sentía sensual, voluptuosa. Llevaba el nombre de un hombre entre las piernas y parecía que los vaqueros me sentaban mejor que de costumbre. La tinta negra  era como una araña que cosquilleaba mi entrepierna, añadiendo un plus de calidad a la vida, y me hacía sonreír tontamente al constructor, que esa mañana me parecía más atractivo que nunca.
Durante la comida me imaginé que Jose era un apuesto moreno de piel dorada, con las manos fuertes de los que mandan sms imperativos y el cosquilleo de mi sexo aumentaba por momentos. Estuve todo el día contrayendo mi suelo pélvico y apretando las piernas cada vez que recordaba que, sin ser grafitera, llevaba una pintada en el coño. Me excitaba.
Pasé toda la tarde en un estado placentero de erotismo, los papeles se movían por mi escritorio sin convicción y el teléfono sonaba sin parar, pero aún así, acabé de rematar el caso del joyero cornudo. Sobre las ocho decidí dar por finalizada la jornada, y rechacé la propuesta de mi jefe para ir a tomar algo con los del bufete vecino. No me apetecía seguir hablando de pensiones ni demandas, quería estar sola, deleitarme en mi aventura. Quería saber si todavía estaba Jose sobre mi sexo, si había aguantado los vaivenes de mis piernas, el roce de mi tanga, mis movidas. Quería volver a casa. Quería estar con Jose. Con mi Jose. Cualquier Jose que me borrara a lametazos su letrero. Todavía me entretuve un rato y a punto estuve de ceder a la tentación de compartir pancarta con el responsable de Fiscal que me hacía ojitos desde que se incorporó al despacho, hacía ya dos meses. Pero luego pensé que tampoco era cuestión de estropearlo todo por un calentón mal gestionado y fui directamente hasta mi coche.
Lo primero que hice cuando llegué a casa fue preguntarle al espejito de mi habitación quién era la más guapa de ese mobiliario urbano en que se había convertido mi pubis esa mañana. Allí seguía la inscripción, un poco borrosa. Todavía se leía debajo del encaje negro de la cota de malla que eran a veces mis bragas. Me sentía hermosa, cada vez más excitada. Puse unas cuantas posturas sexys como había visto hacer tantas veces a muchas mujeres. Como me dictaba mi instinto. Disparé varias fotos, descartando las borrosas, las de ángulo imposible y los planos cortos que profundizaban excesivamente en el detalle.
Jose me latía en el coño. Llevaba todo el día palpitando en mi piel, tañendo mi campana, aleteando en mi tejado como una golondrina haciendo prospecciones para el nido, pulsando mis teclas negras, acariciando mis blondas con esmero. Jose llevaba todo el día masturbándome despacio.
Me tumbé en la cama y, algo nerviosa, marqué el número desconocido que hacía doce horas había rasgueado la guitarra de mis caderas.