Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.

viernes, 21 de octubre de 2016

Poema de Amor

Yo te quise por un breve
Pordiosero
instante,
comparando la movida con la tectónica de placas,
que llevan miles de años perreando
Y siempre que sean comparables
el amor y la geología,
creo que sí.

Y pasaste de mis feelings
como el Pisuerga por Valladolid,
sereno en el desdén, pluricelular,
con esa forma tan griega
tuya
de comer las uvas
y escupirme los pipos a la cara.

Duele bastante, el rechazo,
en general
Pero mucho más si es hacia uno mismo, claro
Y no hay nada más triste
que abrazar a alguien que deja sus brazos muertos
mientras tú, koala,
te empeñas en subir al árbol seco del desprecio
de estos pasotas modernos
que huyen del amor porque tienen miedo
Dicen.

Pues este es mi poema
Breve como el amor que te tuve,
del 22 al 30 de mayo,
no se me olvidará nunca.
Pero quién eras tú, entonces,
para juzgar mis tiempos
y la intensidad que le pongo yo a las cosas
Eh, hijo de puta.

Quédate con lo importante
que es lo siguiente:
poetas somos todos
pero, lo que se dice amados,
no siempre.

Resultado de imagen de cuchillo sangrante







miércoles, 19 de octubre de 2016

Día Mundial de Me Cago en La Puta Vida

   El otro día salió en el telediario la noticia esperanzadora de que una chica joven ha superado un cáncer de mama, y ya desde el titular el presentador empezó a sudar meloso. Durante los 45 segundos que duró la cobertura del notición, mi salón se convirtió en una máquina de fabricar dulce de azúcar, por dios, qué atracón. Música melódica, tirando a tristecilla, planos de la muchacha paseando con absoluta normalidad con su novio, de la mano, y su sólido testimonio: "puedes afrontarlo con una sonrisa o no, y tú eliges en qué lado estar". Pues como no me cuentes nada más, chica joven que acaba de superar un cáncer de mama, me dejas igual que estaba, de estupefacta. Ole ahí tus cojones y tu experiencia personal, tan didáctica.

Resultado de imagen de el mago de oz camino   Tener cáncer de mama no es maravilloso ni rosa, señores. Ni eres más luchadora que otra mujer que no lo tenga, ni más superviviente que la que pelea cada día con su vida cotidiana, ni eres extraordinaria por tener un tumor en la teta, ni te conviertes en escritora por contarnos cada puto día de tu personal calvario como si fueras Dorothy buscando a Tamariz. Tralará, tralará, qué bonito es este camino de baldosas amarillas que me ha tocado recorrer, qué especial soy y qué sonriente todo. 
   Pues no, hijas. Eres una mujer normalita que va asumiendo día a día su nueva y devastadora realidad, y que aprende poco a poco cómo ir capeando esta vaquilla. Y si consigues reírte algo entre chute y chute de drogas, pues eso que llevas ganado, pero no nos lo vendáis como la eterna actitud que todas tenemos, y que tenemos que tener, porque no es así. 
   Muchos, muchísimos días, son bien jodidos y no tienes ganas de mostrar las uñas, porque no tienes fuerza. Pero no fuerza en sentido metafórico, o sea en plan fortaleza vital o lozanía metafísica, no. Las piernas no aguantan tu peso, y no puedes ni con el libro electrónico más ligero del mercado. Y para levantarte de la silla o de la cama tardas como quince segundos desde que asientas los pies en el suelo hasta que puedes dar el impulso que consiga erguir dignamente tu cuerpo a la vertical clásica. 
   Muchos, muchísimos días no soportas a los que están a tu alrededor, odias a la humanidad completa, te ves fea, gorda, como un escombro de la mujer sólida que eras hace tres meses, ya no eres sexy (si es que antes lo eras), ni tienes ganas de contar cómo te sientes, sólo quieres que te dejen en paz, que no te hablen, por favor, que no te recomienden beber dos litros de agua al día, ni hacer ejercicio suave media hora cinco días a la semana, ni seguir una rutina para cuidar tu maltrecha piel, porque te la suda todo: la cosmética, la OMS y lo saludable.
   Muchos, muchísimos días, no te apetece comunicarte ni hablar de tus sentimientos, te harías el harakiri porque sientes que vas a explosionar en cualquier momento como un globo de feria, pasas de hacer maratones solidarios, principalmente porque nunca te ha dado por salir a correr y en tus planes inmediatos no está echar el bofe vestida con unas mallas que nunca, en ninguna otra circunstancia, te pondrías. No estás dispuesta a conocer el testimonio de otras damnificadas, porque te aburren sus experiencias personales, tan jodidamente parecidas a la tuya, y matarías a todos los psicólogos que te rodean, con sus bellas frases de ánimo: "estar calva es lo de menos, el pelo crece" "eres una mujer muy valiente, vamos a poder con esto"  "ya verás todo lo que aprendes de esta experiencia" "el año que viene te acordarás de esto y nos reiremos mucho". De "esto" no, del cáncer, señores. Del cáncer, atrévanse a llamarlo por su nombre, que no se contagia. No hay nada más indigesto cuando te está viniendo una náusea que un tradicional enunciado rosa, ni primperan ni pollas.

   A mí el cáncer de mama no me está enseñando nada que no supiera ya, porque lo de apretar los dientes con el cuchillo en la boca reptando por la jungla lo aprendimos con Rambo en los años 80 y con el SIDA en los 90. 
Por eso te digo.
Y yo prefiero cultivarme con tutoriales y no a base de devastadores efectos secundarios. Pero vender una imagen pastelosa del cáncer de mama está de moda. Todas sobrevivimos felices y estrujando la naranja de lo positivo hasta dejarla seca, nos sobreponemos valerosamente a toda la mierda esta y somos unas mujeres admirables que no reniegan de dios ni un solo día durante el periplo, y que nunca, nunca, sienten ganas de morirse, ni tienen miedo, ni lloran sentadas en la taza del váter mientras se cagan patas abajo, literalmente, sintiendo piedad por sí mismas y refocilándose en la pena, arrancándose la lengua con las manos para poder llegar a lamerse las heridas más lejanas, y por ende, antiguas.
   La actitud positiva es el mensaje, y no podemos ser débiles ni quejicas porque eso hace que el tumor, ese hijoeputa por el que están machacando nuestro cuerpecito, se haga más grande y nos mate, algo que no encaja muy bien en las estadísticas actuales. Quedaríamos fuera, porque sólo se dan las positivas.
Resultado de imagen de mastectomiaPero no todo es tan rosa, perdón por insistir. Hay días morados y días negros, y días grises y amarillos. Como los días de cualquier mujer y si me apuras, de cualquier ser humano. Ni estamos nunca felices, ni nos sentimos siempre una cagarruta, esa es nuestra grandeza y nuestra salvación, con cáncer o sin cáncer.
Que nos cuenten también los días malos, y las cosas feas del tratamiento contra el cáncer de mama, que a mí me estriñe mazo y me sangra el culo. Y que nos los cuenten todos los enfermos de cualquier cáncer, a ver si ya por fin los blogs pueden servir para algo más que para endulzar los yogures de media tarde. 
Que nos tienen que quitar las tetas para que no nos muramos, joder. Para mí es muy traumático, putas sonrisas ya. Y que nada volverá a ser como antes, por más que nos lo contéis con un lazo rosa en la solapa.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Ingeniería civil

El cáncer de mama no es un tumor. 

                                           Es un túnel.

Al que te empuja un señor que nunca va a terminar de saber empujar a la gente, y donde te va poniendo el trapo en los ojos mientras te voltea y tú vas notando sucesivas agujas hipodérmicas clavándose en el centro de tu pajar, poco a poco.
El túnel no reduce su tamaño, en contraposición al quiste, pero puede llegar a hacerse inmenso.  Una vez dentro ya no tienes escapatoria, y ni ves luz al final ni pollas. Todo es aparatosamente oscuro y tienes que caminar confiando en pisar las boñigas de tal forma que la mierda no te rebase las suelas de las chanclas. En invierno te puedes poner las botas.
A aprender no te da tiempo, pues en el túnel todas las referencias del exterior se pulverizan en cuanto entran en contacto con la atmósfera opresora que ha recreado, gentilmente, para ti. Lo que sirve en tu túnel no sirve para otro, aunque la tuneladora sea la misma. Muchos ingenieros han trazado la ruta de excavación adecuada de los cuerpos con cáncer, pero el túnel propiamente dicho te lo comes con tus patatas. El mío es pastoso, denso, como las patas de un pulpo con vegetaciones, caótico en su franqueza, absolutamente fiel a su cometido, generoso en angustia y amigo de mis canguelos. El Woody Allen de mi tren superior, digamos; el Delibes de mi aparato digestivo, el hediondo ambientador de mi cabeza, pestilente muchachete, nauseabundo y prevaricador a partes iguales.

Imagen relacionada¿Me da libertad su negrura? Pues ninguna, pero según se mire. 
Imagina que eres don Quijote pero que no ves una puta mierda y sientes que los molinos tienen manos babosas y te están tocando, y además, que vierten encima de ti el liquidillo que les sale de la nariz y recorre a la vez sus gargantas como un arroyuelo incapacitado por la administración pública. En el túnel todo se vuelve endiabladamente irreal. 
Imagina... imagina que en vez de yelmo llevas los cuernos que te ha puesto tu cordura, y que Sancho se ha hecho emprendedor y vende la historia de ambos en formato electrónico, desde Ibiza, su isla. Y luego imagina a Saramago friendo sardinas en la puta caverna. 
Pues un poco libre sí que eres, en ese sentido. 
Pero todo está en tu cabeza, porque no ves tres en un burro, el túnel no te da tregua, no tiene respiraderos ni salida de emergencia. Menuda experiencia vital para crecer como persona, repiten los gurús de tu zona. ¿Perdona? Que yo sepa, Marinador no tiene túneles, y yo ahora tengo una mina de doxorrubicina chorreándome coño abajo, negra como un nutrisse 2.10-negro azulado de Garnier, un pasillo frío, alcahuete, doctorando, lúcido y espléndido, por el que, como si fuera un wipeout diario, voy sorteando bascas, blanduras, flojedad, orfandad vital, insuficiencia bloguera e impotencia. Me cago en las experiencias vitales, señora, hágame un gazpacho con bien de vinagre, que ya estamos hartos de tanto mito.

Quiero salir de mi personal túnel, porque miedo tampoco es la palabra, pero cansa mucho.

jueves, 21 de julio de 2016

Monólogo de una stripper novata

El cáncer de mama es el tumor maligno más frecuente entre las mujeres de todo el mundo, basta ya de estadísticas. La sensación cuando te confirman el tuyo es lo más parecido a tu primer baile en barra americana al terminar COU. Es decir: te quitan de repente el suelo y te tienes que apoyar en los hombros de un ginecólogo recién licenciado. Ya me dirás, el vahído.

Lo pavoroso de la incertidumbre es que no esté reconocida como enfermedad común. Esa es la única crítica que puedo hacer al sistema sanitario español desde la modorra moral que me da el lexatin que me acabo de comer de aperitivo. La ansiedad es buena, pero sólo si estás morreándote con un chiquito durante el veraneo en el pueblo de tus padres. Fuera de esos límites filosóficos es bastante chunga, la tía.

El nombre que le pongan me tiene sin cuidado. Carcinoma, tumor, neoplasia, nódulo infectado, cáncer... Yo lo siento ahí, como un kiwi amarillo al que rodeas con tu mano en un exquisito día de verano, latiendo suavecito, silencioso y tozudo. El gorrión traidor de mi pecho, lo llamo yo.

-¿Cómo va el gorrión traidor de mi pecho, doctor? ¿Sobrevivirá? 

Los doctores nunca han entendido mi humor, lo miran todo desde su perspectiva médica y es terrible no poder contarles que tienes un gran corazón sin que piensen en una cardiomiopatía dilatada. Señor, ¡que estamos hablando de sentimientos! Da igual. Para ellos en el fondo no somos más que casquería, y menos mal. Intento introducir la ironía en las charlas que tengo en el despachito con el oncólogo, pero me ofrece sus ojos de lagartija como respuesta y luego mueve la cabeza como si no tuviera 25 años y lo supiese todo de la vida, y estoy segura de que en el fondo me ha desahuciado como club de alterne y como youtuber de moda.

Hay tantas mujeres escribiendo por la red de sus cánceres que lo que más me apetece es contaros la receta del conejo escabechado y que le metáis en el tanga un billete de quinientos a vuestra imaginación. Todo es posible en un blog y en un seno, y es tan fácil caer en la tentación de unir ambas cosas que me voy a levantar tambaleante, enfocaré mentalmente la dirección de mi nevera y me serviré una copa de gazpacho fresquito, porque no hay nada más eficaz que la dieta blanda para atajar la diarrea moderna. Yo le pongo siempre un resto de pan del día anterior,  bien duro, que es la base de nuestra fe, junto con el miedo.

Podría perfectamente alargar esta exposición con diversos temas que abarcan desde la sospecha, a los efectos secundarios de la quimioterapia, pasando por el desasosiego, la asignatura "habla con tu paciente de un diganóstico chungo", el desmoronamiento de tus esquemas, entendido como metáfora de Occidente, la duda, el miedo, la rabia, la aceptación, el monosilabismo, el sorpresón, la capacidad personal para dar malas noticias, las venas, las máquinas para hacer resonancias, en las que tú eres el pokemon, los hospitales -esas ciudades-, los espejos, las salas de espera, la famosa capacidad de aguante del ser humano, los tutoriales para colocarte un pañuelo lindo en la cabeza o como ya he dicho anteriormente, mi famoso conejo escabechado. Están perfectamente descolocados, no tratéis de poneros en  mi lugar que estamos ahítos de empatía, para mi gusto.
No tendría sentido hablar de todos esos temas sin la correspondiente estructura bloguera que me permitiera compartir con todo el mundo de qué coño estás hablando, hija. Ya he visto que todas, en mayor o menor medida, pasamos por lo mismo. Es algo así como las cinco etapas del duelo, pero en cáncer de mama, así que poco puedo ofreceros que no sepáis ya si hacéis una búsqueda simple en google.
Quizás, si me atreviera, y para aportar un toque de originalidad que nadie me ha pedido, hablaría de la cama. De lo grande que se vuelve tu cama de repente, tanto, que no eres capaz de abarcarla en una noche entera de rodar por ella. O de la incapacidad humana para imaginarse calvo a uno mismo sin recurrir al photoshop. O de la agradable sorpresa de encontrarte los mejillones como alimento recomendado para pacientes en tratamiento oncológico.
Y de las palabras. Y de las prioridades. Y de la vida.
Pero anda que no hay blogs.

sábado, 18 de junio de 2016

V de emboscada


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Hoy vengo a darlo todo por el Viento
[me imagino a dios quitándose el moño
las horquillas ardientes del demonio
que, en clavándose mal, tajan su aliento]

Ese loco, de melenas hambriento,
que revuelve las hojas en otoño
y en lo mejor (profundo) de tu adobo
te mete un par de dedos, tan atento.

Menudo hijo de puta trascendente
que revuelve la sopa de tu entraña
y una mierda le importan tus clientes.

A todos nos embaucas con tus mañas
contigo no hay soneto que cimente
Eolo, ¡vida mía!, no me extraña.













jueves, 18 de febrero de 2016

Ese bello animal de carga

El Silencio me acompaña desde aquel primer vientre que nunca recordamos. Siempre fui una niña silenciosa, de palabras y de gestos. Bostezar no es ninguna hazaña, porque solamente los narcisos lo adornan con gruñidos o imaginarias batallas.
Hasta para callar era más silenciosa de lo habitual, pues conseguía envolverme para regalo y aparentar que seguía fingiendo como siempre, sin que nadie sospechara que las contracciones de mi corazón me hacían muchísimo daño y me forzaban a un parto con cesárea. Los fórceps de la sociedad ni son de acero ni falta que les hace, puta eficacia.
Pero en esos años tampoco era imprescindible comunicar con sonidos: nos cubrían las necesidades básicas a fuerza de cocidos diarios y una disciplina que aprendimos sin esfuerzo en progresivos cuadernillos Rubio. Con lo cual, silenciarse de pequeña no producía réditos más allá de alguna mirada extrañada desde lo alto de un adulto o la soledad de los juegos infantiles.
Cuando llegó la pubertad se complicó el axioma, y el cocido ya no era suficiente. Yo hubiera seguido en silencio si los mayores no se hubieran empeñado en reclamarme explicaciones, sentencias, sintagmas nominales, opiniones, descripciones de escenarios, razones, paráfrasis y demás ruidos alternativos que me obligaban a bombear palabras para satisfacer su inercia comunicativa.
Por entonces, muchos caballeros en ciernes huyeron despavoridos de los sillones enmoquetados en los que apenas encontraron algún magreo inexperto por mi parte y aburridos muros de silencio, similares a los que-ellos aún no lo sospechaban- al cabo de los años terminarían agostando sus matrimonios de conveniencia.
El tsunami me pilló, qué esperaba, una mañana a solas en el cuarto de baño, obligándome de golpe a hacerme mayor con dos pequeñas rayas imposibles de esnifar. El Silencio regresó entonces como un famélico exiliado y se sentó a hacer bolillos con mi aparato fonador, durante años. Gobernando así, en regencia, una minoría de edad que los mayores disfrazaron con somieres prestados y muchas sonrisas de plástico.
Transcurrieron los años y aprendí a domarlo. De doler, pasó a calmar. De contrariar pasó a enguantarse. De tanto enraizar no tuvo más cojones que florecer.
Y hoy, que tengo ya completamente amueblada la sala de espera en la que entré de niña, y después de tantos años llegando el último a la meta, el Silencio se sube al podio de mis arrugas de expresión y salpica con la espuma del champán todas las urgencias y premuras de los que no saben callarse ni debajo del agua.
Silencio, se vive.