Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Que traiga cola

La gente se agrupa tácitamente en una larga fila que nace de la boca de la taquilla. El cartel pegado con ventosas en la puerta acristalada del cine anuncia la venta de entradas a partir de las cinco y media. Tres adolescentes deciden acampar mientras esperan, y se sientan en el suelo a juguetear con sus teléfonos móviles, aportando frescura a la hilera. Detrás de ellos, una pareja de novios se besa. Ajenos a lo que ocurre a su alrededor, parecen construir entre sus bocas un coto de caza privado, dedicados con esmero a mirarse tierno, cuchicheando secretos de enamorados. La muchacha, de pelo corto y carialegre, aprovecha eficazmente ambos hombros de su hombre, apoyando la mejilla, espantando motas o dejando descansada, indolente, allí su mano. El galán, en una de esas, le sujeta la cintura mientras suelta a pasear una mirada inquieta que recorre rápidamente el parquecillo con fuente que queda a su derecha, la terraza llena de gente del bar que da al otro lado de la calle y su reloj de pulsera. Chirrían como dúo, ella tan joven que podría sentarse en el suelo  a merendar porros con los quinceañeros de delante, informal pero discreta, él cadente, atocinado, salvado del desastre por una buena mata de pelo entreverando canas y una chispa de alegría en los ojillos achinados que parecen flotar en dos suburbios arrugados.

A medida que transcurren los minutos se nutre la cola con algún cinéfilo solitario, otra pareja más prudente, y una familia entera. Aparece un grupo de amigas, cuatro con la última que se incorpora después de comprar una botella de agua en el quiosco del parque, de la que bebe pensativa mientras mira al resto de las chicas sonreír y gastar bromas. De piel blanca, melena lisa y piernas largas, participa por compromiso de la alegría de la amistad. Ojea aburrida su teléfono y echa un vistazo hacia las puertas del cine, que continúan cerradas. Al volver la vista a su sitio se fija inevitablemente en los novios, que siguen destilando monerías. Enfoca los ojos hacia ellos, acoplando el drama a su mirada, y reconoce un semblante; el cuello toma ventaja frente a los hombros, que se tensan. Se queda piedra, yerta, alza la mano hasta la boca y muerde lentamente sus nudillos en un gesto represor y tal vez tierno. El color se le ha ido -más si cabe- de la cara, la barbilla tiembla levemente y sus ojos, que antes eran registradores de la propiedad, ahora son charca. Las amigas siguen parloteando y sólo se percatan de la escena cuando la ven dirigirse lentamente hacia la entrada, como si quisiera colarse. Eso es lo que piensa el pelirrojo cuando la muchacha se sitúa delante de él, como un autómata, y golpea furiosa el omoplato del maduro seductor que les da la espalda mientras aprieta cariñoso la oreja desnuda de su amante. La pareja asustada se vuelve a mirar a la muchacha, que llorando, comienza a golpear al hombre, incansable, dejando caer los puños una y otra vez sobre su cara, en su pecho, en la barriga. Las fuerzas la abandonan justo antes de desplomarse, hipando, a los pies del carroza que de repente se encuentra en el suelo, abrazando a la chica, boqueando como un pez fuera del agua.
El pelirrojo, desdeñoso, traspasa la escena y comienza a avanzar con la fila hacia la taquilla, que ya vende boletos. La del pelo a lo garçon se queda estupefacta, confusa y aturdida. Sus brazos lánguidos acotando las caderas denotan las pocas ganas que tiene de inmiscuirse en la tragedia. El hombre que hasta hacía dos minutos parecía sólido tablón si ella hubiera sido náufrago, llora desmadejado junto a la espontánea que ha interrumpido su maravillosa cita semanal de enamorados. Del grupo de amigas que permanece silencioso alrededor, alguien saca el móvil del bolso y hace una foto que publicará en facebook con el título de “La Piedad invertida”. El destello del flash hace que la joven dolorosa que yace inerte en los brazos del hombre levante los ojos hacia el padre y rompa a llorar. La cola del cine ya no existe y, dentro y fuera, la película, acaba de empezar.

martes, 11 de febrero de 2014

Flashback de mierda.

La mujer de su vida le acababa de comunicar que se iba para siempre y su cuerpo decidió llegar hasta la cocina y hacerse un café. El miedo es libre para invadirle a uno como quiera, y en ese momento no fue capaz siquiera de preguntarle por qué.
Acababan de levantarse como todos los sábados, para afrontar con una descuidada rutina el desayuno en la pastelería de la plaza, la compra semanal en el mercado y el vermú de grifo con cocacola del bar de la esquina. En cambio, lo único que recibió fue una bofetada en forma de epitafio: “ya lo tengo decidido, recojo mis cosas y me voy a casa de mi madre”.
Si el mundo se derrumbó a su alrededor no quiso firmar el recibí. Se sentó a la mesa que todavía conservaba algunas pistas de la última cena y sujetó sus manos apoyándolas con firmeza en ambas sienes. Los sonidos del edificio desperezándose llegaban amortiguados y fieles a su cita de los días no lectivos. En el dormitorio, ella abría cajones y guardaba ropa en las dos maletas que aún conservaba de cuando era soltera. La oía sollozar y recoger los escombros de cinco años en común, pero era incapaz de moverse de la silla. En algún piso empezó a sonar el bolero más triste de los Panchos y pensó que, como vedette, la casualidad no tenía precio. No le costó recordar que también sonaba un bolero la noche que la conoció, en la fiesta de disfraces de un amigo común. Ella tampoco iba disfrazada porque su sentido del ridículo le impedía deambular por una casa ajena con otra ropa que no fueran sus eternos vaqueros y un suéter ancho, le dijo. La fiesta fue el acontecimiento del verano y reunió a gente de lo más variopinta. Había bebida y comida distribuida estratégicamente por cualquier rincón imaginable, globos de colores que tapizaban los techos de todas las estancias y decenas de conversaciones empezando y terminando a la vez. Y un bolero de Olga Guillot comenzó a sonar mientras sonreían mirando cómo todo el mundo se emparejaba para bailar y ella se burlaba de la música de los “carrozas”. Pero cómo os puede gustar esta música, le dijo al oído, haciéndole cosquillas con su lacia melena y montando los puntos en la aguja que se le clavaba despacito por el pecho al sentirla tan cerca. Le quitó su cerveza y se bebió de un trago lo que quedaba, se acordó.
Se preguntaba si quería ir hasta la habitación y averiguar motivos. Ella siempre le había echado en cara su frialdad, su incapacidad para demostrar los sentimientos más sencillos.
Cuando aquella noche lejana ganaron por unanimidad el premio al mejor disfraz,  la recordaba feliz como una niña, aplaudiendo divertida cuando dos coronas de papel brillante que alguien había fabricado terminaron en sus cabezas y ella, simulando reverencias y artísticos mohínes, convirtió en un reto personal el “que se besen” que todos los travestis coreaban en chistoso karaoke. Se le plantó delante y dijo: ¿tú te atreves?
Ahora no se atrevía ni a llorar. Estaba comprendiendo de golpe todo lo que no había querido ver últimamente: la mano esquiva al cruzar una calle, las llamadas no respondidas, las cada vez más frecuentes salidas de los jueves con sus amigas, los silencios incómodos durante las cenas. Si no eras feliz por qué no me lo dijiste, gritó hacia dentro.
Como si le hubiera adivinado el pensamiento, ella asomó la cabeza por la puerta de la cocina y preguntó, gimiendo, si podía ayudarla con los libros. Se quedó con la respuesta entre los labios, mientras recordaba cómo habían hablado de libros la primera noche en que coincidieron sus vidas, cuando le confesó que no le gustaba leer y ella, espantada, aseguraba que eso iba a cambiar, que no podía ser, mientras apuntaba en la cajetilla de tabaco el título del primer libro que tendría que ir a comprar al día siguiente si no quería que se presentase en su casa a organizarle un club de lectura particular. Leer le seguía pareciendo aburrido, aún era incapaz de concentrarse, le quemaban las hojas en las manos. Esa señal tenía que haber sido suficiente, se reprochó.
Se levantó de la silla y salió al balcón a fumar un cigarro. El cielo azul pitufo de esa mañana prometía cosas que no iba a poder cumplir y no quería ayudarla con los libros, no. Quería que todo volviera a ser como antes, que el suelo no tuviera zanjas y que ella dejara de hacer ruido y de recoger sus cremas en el baño. Quería ver de nuevo su cara ilusionada del principio, la que tenía cuando, mucho antes de acabar la fiesta, hacía cinco años -las cuentas no fallaban- le propuso resolver tanta máscara y disfraz tomando un gin tonic en su casa, a solas, sin miradas curiosas que cuchichearan a su paso. Quería volver a oír aquella risa, cuando empezó a golpear la copa con una cucharilla reclamando la atención de todo el mundo para anunciar que abandonaban la fiesta y que jamás los disfraces le habían parecido tan aparentes, para después bajar al trote las escaleras y terminar paseando sin rumbo por las calles de Madrid.
Oyó la puerta de la calle, estaría bajando una maleta, calculó. Aplastó la colilla en uno de los tiestos porque total ya daba igual que a ella no le gustara ese gesto. Si a partir de ese momento se podía comer las colillas de todos los cigarros que se fumara porque ella ya no iba a estar allí para echarle broncas. Empezó a sentir el famoso nudo en la garganta, intentó respirar más aire del habitual pero su caja torácica le negaba el drama necesario del momento. Alterarse nunca fue su fuerte.
Si me quedo a dormir en tu casa y me haces el desayuno por la mañana, ya no podrás deshacerte nunca de mí. Evocó aquella profecía veraniega y nocturna con el rictus del telonero que sabe que la función está a punto de acabar.
Salió hasta el vestíbulo para ver cómo ella remolcaba la segunda maleta hacia la puerta. Igual que el perro arrastra la cuerda que se ha soltado de la estaca, deshilachada a base de tirones, pero todavía formando parte de su cuello.
Se miraron. También se miraron la primera vez antes de entrar, en la misma puerta, hacía tanto tiempo. Ahora sólo veía sus ojos enrojecidos, más que por el llanto, por la furia del silencio. Ella era la que se iba pero la más abandonada.

-Si necesitas volver otro día a por más cosas no hay problema- le dijo, no sabía si por romper el hielo o para cerciorarse de que aún tenía lengua.

-Siempre tuviste voz de borracha los sábados por la mañana- contestó.

Salió atropelladamente de su vida y ella volvió a la cocina a prepararse otro café.