Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.

lunes, 22 de abril de 2013

CH de qué tiempos aquellos...

...En los que aprendíamos el abecedario con la che y el chocolate de la merienda no nos parecía ni siquiera el preludio de las hostias que vendrían después, cuando pasamos a merendar mierda en papel de plata. Tiempos cada vez más lejanos en que estar de cháchara con tus amigos en el parque no tenía nada que envidiar a las serias conversaciones que mantenemos ahora con nuestros jefes, nuestros hijos, nuestros clientes o nuestra puta madre. En los que abrochábamos parkas, las brochetas eran exóticas, nos seguía acechando el miedo al futuro, merendar sandwiches era de pijos, presentíamos que las alchachofas no nos iban a gustar nunca, las chanclas formaban parte del uniforme de verano, la chusma nos parecía bien lejana y sólo los jefes de Estado llevaban chófer.

Parece que lo estoy viendo: los mayores se sacaban por entonces las chequeras de la americana y firmaban sueños, lo más cerca que veíamos a los chinos era en alguna película de Jackie Chan, los checoslovacos nos parecían unos pringaos -por elegir a algunos-,  los chef eran los cocineros de toda la vida y si la ocasión era propicia, intentábamos subirnos a la chepa de nuestros padres, con desiguales resultados dependiendo de la hostia que te hubieran chiscao en osadías anteriores.

Llevábamos chubasqueros marca blanca, la chatarra daba dinero, lo "chachi" nadie osaba inventarlo todavía,  estudiar chelo sólo estaba permitido en el extranjero, los chalés se empezaban a poner de moda en la sierra como segunda vivienda y para jugar a inventar nuestra propia vida construíamos chamizos en los descampados a los que nos dejaban ir a jugar solos.
Los churretes por la cara y las piernas eran coronas de laureles que nos colocábamos cuando terminábamos de escacharrar a los de la pandilla enemiga con piedras y palos, las chachas eran nuestras madres y que no se te ocurriera faltarles el respeto, y los chuletones eran comida de ricos.
Chapurreábamos palabrotas en inglés, chupábamos paloduz, los mayores chingaban y como te descuidaras, te disfrazaban de chulapa a la primera de cambio.
Los higos chumbos, los chimpancés, Chanquete y los chantajes, merecían tardes aparte.
Eran tiempos de a, be, ce, che, de.
Y como se te olvidara, de reglazos en los dedos.


miércoles, 10 de abril de 2013

B de Bájate las bragas tú.

Me cansa recoger bragas de suelos extraños que no paseo más que en noches de imperiosos encontronazos vitales. Cuando están tiradas por el piso son el símbolo de la urgencia del amor, da igual que sean sexys, atrevidas, elegantes, picaronas, sobrias, de pantera, con sabores, sensuales o aputanadas. Las bragas caídas en una moqueta desgastada son un otoño inesperado, aunque se folle en junio. 
Desde que a una le hacen el primer desgarro en la parte izquierda del pecho -perdiendo así la virginidad de la víscera- las bragas pasan a ocupar el segundo plano que tendrán ya siempre hasta el fin de tus días, pues una vez descubierto que no protegen, sino que incluso estorban, hasta te permites el lujo de ir a veces sin ellas al curro.
Y cuando llega el momento crítico asimismo te molestan. Chico, yo qué sé, parece que te queman, y a la vista de los machos se vuelven invisibles, no existen, las ignoran. A tomar por culo las bragas y las interminables horas que te has pasado recorriendo centros comerciales para buscar unas que te queden bien cuando llegue el momento del amor, como nos gusta llamarlo en las fiestas de pijamas. Ellos no se paran a recorrerlas suavemente con los dedos, ni a acariciar el tacto que tienen, ni a observar cómo adornan tus caderas. Si la mujer pudiera aparecer en pelotas de repente en lo más caliente del combate, ahorrándoles trabajo, nos abandonarían menos. Yo una vez hice el amor con la condición de que se hicieran valer mis bragas y de que, al menos por un buen rato, hiciéramos notar ambos su presencia de forma animal pero educada. Nunca supe si llegó a gustarle o le pareció una idea vanguardista, terminó perdiendo mi teléfono.
Si alguna vez diéramos con un hombre que se recree por iniciativa propia en nuestras bragas antes de atacar, deberíamos tratar de conservarlo en nuestra agenda, hacerle un huequecito en nuestras vidas y cocinarle leche frita fuera de temporada.

Bajarse las bragas es un acto obsceno, de hembra pura, y hay que saber hacerlo con estilo para no caer de bruces en el polígono más cercano. Nadie se atrevería a enseñar sensualidad en los colegios, ¡que sean autodidactas, coño, y nos sorprendan! (pensarán). Siempre puedes sentarte y arrastrarlas escondidas en los vaqueros, y en ese caso, me da a mí la sensación de que te quedas desnuda antes de tiempo y les damos la razón a los impacientes antes mencionados. O también queda la opción de dejarlas puestas, en plan "a ver qué pasa", pero corres el riesgo de que te las quiten ellos y suele ser peor. Arrancar bien unas bragas sólo es un éxito si él es actor y tiene experiencia demostrable.

Dejadnos pasear por vuestras camas con las bragas puestas. Degustad sus transparencias, sus encajes, sus blondas y puntillas. Amasadlas con la lengua una semana entera, intuid lo que allá abajo esconden, disfrutad de su barrera, que siempre hay premio.
No hay nada más triste que recoger unas bragas después de follar con un apuesto desconocido que nunca dejará de serlo. Yo últimamente ya ni me las pongo.

martes, 9 de abril de 2013

Picnic de interior.



Siempre se cruzaban en el portal, con tanta prisa, que serían incapaces de reconocerse en las redadas en que coincidían dos veces por semana.


(A Él) Ella le parece hermosa, huracán, la perfecta domadora, que si fresca, que si estruendosa bajando por el canalón cornisa cuando llega tarde... Vivaracha y decidida, con la melena leonina y unos dientes perfectos para morder manzanas asadas. Demasiado risueña, para su gusto.

(A Ella) Él le parece desteñido, como sin fuelle, excesivamente tímido, de ojos bonitos pero tristes, con poca sangre en las venas coronarias, sencillo y prescindible, el perfecto amigo al que le cuentas sin tapujos que te estás tirando a otro. Demasiado gris, para su gusto.


Ilustración de: @aborigendesalon
-Hagamos un picnic- le dijo él una mañana; se sentía actor.

-A las dos de la madrugada, en el portal- contestó ella, con más guasa que inocencia.


El día transcurrió templando gaitas y al caer la noche ambos dudaban de que su cita consiguiera mantenerse en pie por más tiempo.


Él llevó su colección de clicks, por si se aburría, y una bolsa de agua con unicornios pintados al óleo; aceitunas machadas y torrijas caseras, para luchar contra el hambre en el mundo; una moto a gasógeno y una chaqueta de tweed a juego, encima del pijama de franela; trescientos kilos de calcetines con rayas y una montaña rusa de cobertores de fibra hueca; su bote preferido de gel Magno y un refugio de pastor (fecundar montañas era un sueño recurrente en su existencia); una bomba lapa de amor -fabricación casera- y dos arritmias programadas para explosionar si suspiraba después de las doce de la noche. Dos whiskys, una copa de oporto y una partida a la siete y media que se dejó por terminar el día que le tallaron. Las escrituras del olivar que heredó de su madre y un café de puchero sin azúcar. Puso adelfas en un tiesto rojo con la intención de tener a mano un adorno que colgarle en el pelo si se daba la ocasión, y estiró bien las sábanas bajeras.

Ella aportó sus libros ilustrados y una manta con dibujo de jirafa albina que compró justo antes de su último suicidio; una pluma gansa, con tintero, y un tocadiscos averiado; un pañuelo hecho con seda de araña y almohadones de ganchillo. Avanzaba mucho en las clases de costura. 
La regadera verde que dejó olvidada su exmarido cuando el terremoto y trece suspiros ahogados; el pantocrátor dibujado en un grano de arroz abanda y sus cuadernillos Rubio favoritos (los de amor); sus pies fríos de siempre y un metrónomo que le indicaba los tiempos con sonrisas, 70 negras por minuto es moderato y más que suficiente para aprender a ser feliz. El teléfono, un martillo de uña y el crisol que utilizaba para refundir chocolate y religiones; un cinexin 300, una viga de piedra que siempre llevaba en el bolso y el fuego necesario para encender diez chimeneas.

El sofá corrió a cargo de los vecinos. 
Y cuando al mes siguiente tuvieron por fin todo colocado por riguroso orden alfabético, encendieron el interruptor de "lluvia" y empezaron a mirarse de reojo.
El picnic estaba siendo un éxito.