Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Método Manzanita para adelgazar.




Me envío rosas cada tres meses.
Pongo cara de sorpresa cuando suena el timbre y me tienen que temblar un poco las piernas al firmar el recibí, claro.
Disimulo torpemente la alegría hasta que se va el recadero. Venga, que se vaya de una vez, por favor.
Llego saltarina al salón, inundado de esa puta luz otoñal que pide siempre el comodín de la llamada con voz somnolienta, mullo la alfombra o el ring -según temporada- y me siento en la posición del loto. Cuando he terminado de comerme todos los pétalos, intercalando sorbos de zumo de tomate, rompo a llorar como una niña de aproximadamente cuatro años y medio que ve con impotencia cómo cae su helado al suelo descubriendo así una de las verdades más dolorosas de este mundo: el cucurucho resultó ser una estafa, punto para el barquillero.
Como consigo vomitarlos todos esa misma noche, en estrepitosas carcajadas que para mí que son fingidas, me he tomado la licencia de poner "Bulímica Floral" en mi currículo. Me gusta salir de las entrevistas de trabajo dando un portazo y gritando a todos los jefazos: "¡la peor experiencia es la demostrable, cabrones!"
No pongo tarjeta, no soy tan tonta. Me reconocería la letra o, en su defecto, el propio estilo.
Ejemplo 1: "Te espero esta tarde a las puertas de la gloria. Ponte guapa."
Ejemplo 2: "Nunca un daño de amor ha sido tan corto, princesita."
Firmar con una equis me produce tanta desazón como morder un chuletón de buey en crudo.
Y aún así, intuyendo que soy yo misma la que causa el si no te he entendido mal estas flores te hacen más gorda, y temiendo una reclamación de mi cliente, me hago la nueva, disimulo. Miro embobada el ramo, que menos mal que no es de novia, tía; hundo la cabeza entre las flores con mi snorkel nuevo; doy una fiesta a las cinco y cuarto en punto entre las espinas; me hago infusiones de follaje y reviento los cálices con las uñas, imaginando que los sépalos son los piojos de mis costurones.
Que no se llame nadie a engaño: las rosas repiten.
En mi casa cada tres meses, ya te digo.









jueves, 5 de septiembre de 2013

Cómeme el coño

Acércate sin prisa, que si me tienes ya dispuesta como una portería sin conserje, ganamos el torneo. Cuando una mujer abre las piernas sin aviso, cualquier voyeur al dente será capaz de verle el heart latiendo.
No somos ejércitos, recuerda. Las embestidas, de los toros; y así como cuando encuentras por el campo un diente de león no te acercas como un loco a escupirle el aire, sino en lento y delicado sopleteo, de igual forma ven a un coño, que al final te colgarán medalla, pues no siempre bajar una cabeza tiene por fuerza que ser al descabello.
Démonos un festín, tú comensal, yo bogavante entera. Babette será tendencia en mis entrañas mientras dure la meseta.
Hónrame con tu aliento entre mis piernas, verás cómo mi monte sí es orégano; y azúcar, y fumet de gambas, y palafito en la marisma salobre de mi aldea. 
Presióname los labios con tus labios, dibujando pentagramas de saliva en mis riberas. Muchos. Cientos. Musicalmente, qué melodía es comparable con dulces jugos resbalando en allegretto. Despacio, no tengas prisa. Si decides abrir los ojos un segundo, y levantar la vista hacia la cumbre, podrás ver que, si es por enigma, todas llevamos una Gioconda dentro.
¿Sabes cómo se atraca un banco? Pues así no. Una mujer abre su caja fuerte de buen gusto a punta de lascivia, obscenidad y letras. No tenemos que envidar ni cotizar al alza, tú pones la lengua, yo el parqué, y a barnizarlo -arriero- yo te enseño. Y si engancho tu cabeza con mis manos no imagines que es por miedo: es por Eros, que se sienta enfrente a grabar un primer plano del empeño que chorrea por tu boca, por mi vientre, por tu beneficio neto. Por la sábana bajera y hasta bien entrado el entretiempo.
Húrgame lo eréctil, que hace frío. Que los días son eternos lubricando sola y aprendiendo nuevas formas de mover los dedos para no caer en la rutina de lo viejo. Insiste con lo tierno, insiste, insiste, insiste. Repetir meneos es la clave, toda vez que me oigas, obstinada, en el jadeo.

Invéntate bandazos, temblores nuevos; a tomar por culo el clasicismo aburrido de los vivos-muertos que repiten movimientos aprendidos en la clase de Historia del Deseo, no les copies el apremio: disfruto más con tu disfrute que con mi propio traqueteo.
Si me sujetas los muslos mientras tanto, aventúrate a mover las manos hacia el centro comercial de mi entrepierna. Compra, compra compulsivo, entra por mis tiendas, bírlame el escaparate, pásame sin premura la tarjeta de tu lengua, una vez, doscientas lenguas: me instalé un datáfono constrictor que asegura bien la compraventa. 

¿Ves aquel vestido que está tirado -ya es cadáver- en la moqueta? No me lo pongas nunca.
Vuelve a empezar. 
Vuelve a empezar la juerga.