Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Carta a mi profe. A mi madre. A mi sostén. A mi guía.

Internet, me estás jodiendo la vida.
Tengo el túnel carpiano que parece la M-50, todo el día con el móvil en la mano, estirando el pulgar para llegar a lugares insospechados del teclado y del universo, dar likes, aceptar cookies y masturbar aplicaciones que se han convertido en nuestro segundo coño, en el coño de la Bernarda, en el coño ávido de dedos pulgares que llegan a lugares insospechados del universo.
Tengo el fenómeno de la mente que permite al organismo codificar, almacenar y recuperar la información del pasado, hecho unos zorros. Para qué necesito pues la memoria, Internet, si tú me lo chivas todo, me rescatas, me auxilias, me acaricias la espalda, me manipulas, me abrumas, me ciegas, me excitas, me agobias, chica, qué agobio con tu puta información, déjame en paz, zorra. Ya no necesito recordar cifras, ni recetas, ni direcciones o el horario de los cines. Ya no quiero ir a las tiendas, a aguantar a licenciadas en Sociología con sus puedo ayudarte en algo, ni probarme ropa en probadores del esperpento, con olor a pies y espejos deformantes, por qué no se le ha ocurrido a nadie poner duchas de photoshop en los probadores, que nos veamos guapas todas ya de una vez, Internet, puta, o es que no tenemos derecho a ser felices. Ya no quiero ir más a misa, que me den la ostia en privado, Internet, a solas; me pongo los auriculares y la banda sonora de Jesucristo Superstar y que venga Dios a contarme sus movidas al oído, mi personal shopper, que me haga sentir especial, que se venga a mi mundo, que ya has conseguido que no quiera salir de mi mundo a conocer los mundos de otros, Internet, mi vida, so puta. Tampoco quiero ir a clase, ni al médico, ni a la frutería, ni a Hacienda o a prisión, valga la redundancia, no me imagino ya pisando el suelo de una librería, ni de un banco o de un dentista. Lo quiero hacer todo contigo, Internet,  en qué me has convertido, dicen que tienes veneno en la piel, tú y yo juntas siempre, tía, más solas y más bolleras que nunca.
De qué me sirve evocar vivencias, si en la nube tengo todo mi pasado -y mi futuro- almacenado en forma de vídeos y fotos rápidas, veintisiete fotos rápidas de la misma mueca tonta y quince mil fotos rápidas de mi entrepierna para mandársela a los setecientos millones de novios que me tienes guardados en tu tripa, esperando a ser nominados, metidos todos en el confesonario en que hemos convertido tu camarote, Groucho, como si fueran los óvulos de una gran CPU que nos meará un día en la cara, y todos creeremos que está haciendo squirting, y no hará falta que preguntemos al autista de al lado qué es el squirting porque tú, Internet, que me estás jodiendo la vida, lo sabes todo. Lo sabes todo de mí, te masturbas a diario con el dildo de mis datos, de mis búsquedas, de mis miedos. Te cuento mis cosas porque así es el feedback: una fiesta cotidiana, una gymkana. Me intuyes, me presientes, compras marihuana por mí, me rellenas las encuestas, conoces mis entramados financieros y familiares, con quién me acuesto, a quién odio y lo que espero de los cursos de formación que emprendo. Eres mi chica. No concibo la vida sin ti, no quiero volver la vista atrás, cuando todo era ignorancia y espontáneo. Te odio y te consiento, no te soporto, guarra, no puedo vivir sin ti, sin tus besos [buscar tipos de besos], te necesito y no te quiero, me voy a desconectar un día de estos y voy a volver a ser la de siempre, te vas a enterar, Internet, furcia. Que me estás jodiendo la vida, ya, mi vida.