Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Romper, con la frente marchita.

Nos sentamos en el primer banco que encontramos de camino a la maternidad.
Los dolores del parto nos tenían de los nervios, pero había una conversación pendiente y me propuse resolverla antes de que llegáramos a la zona de confort.
El cielo se iba poniendo gris por momentos, parecía que aguantaba la respiración y que en breve descargaría toda la responsabilidad del ciclo de la vida sobre nuestros paraguas.
Él estaba un poquito más asustado que yo, se le notaba en las telarañas que colgaban de su frente a modo de cortinillas y en la forma de sujetar el diccionario griego-español.

-Si no me admiras por qué te empeñaste en transfundir raíces.

Todo empezó a llover torcido de repente. No se esperaba la pregunta y el agua resbalaba por sus cejas formando iguazús en las pestañas más bonitas que yo había visto nunca.

-Ya no sé estar solo.

Un abogado que esquivaba charcos nos dejó su tarjeta a modo de limosna.

-Pues tendrás que aprender.

Llevábamos dos años acudiendo a unas clases de parto sin dolor que pagaba su madre por transferencia bancaria. Ninguno de los dos podíamos tener hijos, nuestras trompas de Falopio eran inventadas y si alguna vez ensayamos con un cojín bajo nuestras camisas de Armani ya no lo recordábamos.
Le cargué con todo el peso del bonobús sobre los hombros y salí corriendo a apuntarme a pilates.






1 comentario:

  1. Es como la agonía del cristianismo pero con cierta conciencia socioambiental y diferente. Abogados que esquivan charcos para que otros se los coman enteritos, esto es la guerra, jóvenes que mueren y ancianos que parlotean, o qué, que no sé aprender. :S

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