Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.

jueves, 23 de mayo de 2013

D de Oye, que te desnudan a la hora del aperitivo y no opones resistencia.


Separábanos una columna de distancia.
Yo sentí de repente una llamada de atención que me puso la típica abstracción del pincho de tortilla por corbata. Y ni siquiera me hizo falta pedir turno para saber de dónde provenía.
Estaba al otro lado de la barra, acompañado de tres hombres grises que charlaban de negocios.
Golpeó primero mi cabeza -que el calor empieza a veces por arriba- pero no como se acostumbraba antaño en la caverna, sino con el falo de su mirada. Mirar con deseo es todo un arte.
Repasó los contornos de mis curvas esenciales, comprobando que los trámites necesarios fueron correctos en su día, y me aprobó de una ojeada. Contaría los botones de mi blusa unas tres veces, antes de decidir que el tsunami empezaría por el centro.
Que la charla circundante no le interesaba lo más mínimo lo supe cuando, tomando un sorbo de su copa, me clavó sus dos niñas en los ojos. Y empezó a acariciarme la melena, deslenguado, entretenido. Se detuvo en las orejas, en los labios, pero estaba decidido a escamondarme entera.
Le sobraba mi chaqueta, que quitó caballeroso y arrojó con furia contenida; mi falda le estorbaba y bien sabía él cómo se bajan cremalleras sin mover una pestaña. Durante dos minutos me imaginó las bragas del color de su Rioja y el corazón chorreándole en la boca.
Una vez me tuvo bien desnuda en su cabeza y en sus babas, apuró los restos que quedaban de su informal reunión de trabajo y escribió algo en una servilleta de papel. Mi tortilla de patatas se enfriaba.
Al salir, plantando su manaza en mi cintura, dejó el balance de situación dentro de mi cerveza y se fue gritando ¡Viva España!

                  "La primavera será lo que quieras, pero silentes zorras hay muchas por el mundo"

                                                Llevo la nota cosida a uno de mis tangas.

1 comentario:

  1. Papeles cantan, porque luego pasas la lengua por un trozo de terra sigillata, se te pega y ya la hemos liado.

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