Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.

miércoles, 5 de junio de 2013

Así me parta.


Una noche deseé que me follara un rayo.
Que entrara furtivo por la ventana y se enredara primero con mi lengua, elevando mi saliva a condición de cava. Nada como que te denominen en origen para tener un buen idilio de tormenta.
Que siguiera bajando eléctrico, bailón, por el hueco que deja mi garganta cuando gimo, desfiladero raso, estrechura zalamera, hasta mostrarme que el esternón también subsiste  
-esa percha del pecho que homenajea a Adán con sus soldaduras- y que libara lentamente en el espacio intercostal hasta rebañarme las flotantes como si hambre de tres días.
Como un trompo en la hondonada de mi vientre imaginé su trazo hurgando el laberinto de mi ombligo, deseando encontrar preguntas para todas las respuestas que traía, como lapa, el trueno, y calibrando el terreno para construir un gran burdel en el cono sur de mis entrañas. Preferí que emprendiera a que abordase, mas, puestos a atravesar, que siguiera resbalando en cualquier caso.
Aspiré a que me encontrara -alevoso- entre las piernas, la herida chorreante que necesitamos todas restañar a base de lengua, espada ardiente o de mentiras. Que me partiera en dos mientras salía a nube y su descarga deliciosa bailara en mi coño el vals de apertura nupcial hasta el siguiente pararrayos.

3 comentarios:

  1. Eso demuestra que tocarte es algo divino. De la tierra ya ni hablamos.

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  2. Y qué mortal pudiera no creer ciegamente en tan efímera cosmogonía.

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