Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.

miércoles, 15 de enero de 2014

Equívocos.

No tengo reloj despertador. La campanada de salida la da la Hassium-alarm de mi teléfono móvil de nueva generación y somos compañeras. Pero tampoco tengo nórdico, así que no es un dato relevante. Todos los días me cuesta cinco minutos salir de la cama, aceptar que en la niebla lechosa de los sueños no hay café y además, hoy, que tengo que estar a las nueve en punto en el despacho para atender al cliente más importante del bufete, un constructor por el que la crisis no ha hecho mella, que está separándose de su mujer. Entro en la ducha como el que va al matadero, pero el primer golpe de calor me devuelve la energía, las ganas de vivir, de comerme el mundo. Qué mentira, todo. Me aburre mi trabajo, las semanas se me hacen eternas y la rutina es mi mejor amiga. El gimnasio es mi segunda casa y he empezado a ver tutoriales de knitting. Soy la Bridges Jones de mi escalera, menos mal que aún conservo las piernas firmes y el culo en alto. Operarme las tetas tampoco fue tan mala idea, mamá. Pero los hombres me aburren, son tan previsibles, tan primarios, tan básicos. Estoy deseando encontrar al sensible, al apasionado, al original, al divertido. Qué mentira todo, otra vez, joder. Ya no sé ni lo que quiero.
Todo esto pienso mientras desayuno de pie un colacao con magdalenas, que es la mejor opción siempre que no se levante nadie contigo para verlo.
Mi teléfono emite el sonido de notificación y miro recelosa la pantalla. Un sms a estas horas, qué raro…

“Escríbete mi nombre en tu coño, Calabacita,
escríbete Jose y llévame ahí todo el día...”

Qué gracioso... Menudo mensaje. Desde luego, cuánto depravado hay suelto. Jose...
Menos mal que no se llama Sebastián o Miguel Ángel... Un nombre tan largo no cabe en un coño. Y la mujer a la que fuera dirigida esa petición… Igual le hacía caso y se rotulaba el nombre… Se querrán, claro, o por lo menos se desean… Vaya ocurrencias… Si es que hay gente para todo…

Al ponerme el sujetador se paseó el primer chispazo por mi mente, fugaz, escueto como un eructo, huidizo, pero no quise ni mirarlo. Ya tenía el tanga puesto y estaba embadurnando de crema mis piernas cuando dije “Por qué no”. Era una locura pero nadie tendría por qué saberlo nunca. Y estas cosas, o se hacen por error, o sólo existen en las novelas eróticas.
Cogí un rotulador negro y me coloqué frente al espejo con las bragas por los tobillos. Me pareció muy sexy la imagen que me devolvía el azogue y sonriendo escribí JOSE sobre mi pubis, justo en el espacio que quedaba libre entre el inicio de la cascada de mis labios y el diminuto parterre de vello púbico con formas geométricas que me gustaba lucir encima.
Ahí estaba yo, la prestigiosa abogada a la que todos creían conocer, exhibiendo en su sexo el nombre en negrita de un desconocido que le había mandado una orden por error. Me pareció divertido y terminé de vestirme. Al salir de casa me sentía sensual, voluptuosa. Llevaba el nombre de un hombre entre las piernas y parecía que los vaqueros me sentaban mejor que de costumbre. La tinta negra  era como una araña que cosquilleaba mi entrepierna, añadiendo un plus de calidad a la vida, y me hacía sonreír tontamente al constructor, que esa mañana me parecía más atractivo que nunca.
Durante la comida me imaginé que Jose era un apuesto moreno de piel dorada, con las manos fuertes de los que mandan sms imperativos y el cosquilleo de mi sexo aumentaba por momentos. Estuve todo el día contrayendo mi suelo pélvico y apretando las piernas cada vez que recordaba que, sin ser grafitera, llevaba una pintada en el coño. Me excitaba.
Pasé toda la tarde en un estado placentero de erotismo, los papeles se movían por mi escritorio sin convicción y el teléfono sonaba sin parar, pero aún así, acabé de rematar el caso del joyero cornudo. Sobre las ocho decidí dar por finalizada la jornada, y rechacé la propuesta de mi jefe para ir a tomar algo con los del bufete vecino. No me apetecía seguir hablando de pensiones ni demandas, quería estar sola, deleitarme en mi aventura. Quería saber si todavía estaba Jose sobre mi sexo, si había aguantado los vaivenes de mis piernas, el roce de mi tanga, mis movidas. Quería volver a casa. Quería estar con Jose. Con mi Jose. Cualquier Jose que me borrara a lametazos su letrero. Todavía me entretuve un rato y a punto estuve de ceder a la tentación de compartir pancarta con el responsable de Fiscal que me hacía ojitos desde que se incorporó al despacho, hacía ya dos meses. Pero luego pensé que tampoco era cuestión de estropearlo todo por un calentón mal gestionado y fui directamente hasta mi coche.
Lo primero que hice cuando llegué a casa fue preguntarle al espejito de mi habitación quién era la más guapa de ese mobiliario urbano en que se había convertido mi pubis esa mañana. Allí seguía la inscripción, un poco borrosa. Todavía se leía debajo del encaje negro de la cota de malla que eran a veces mis bragas. Me sentía hermosa, cada vez más excitada. Puse unas cuantas posturas sexys como había visto hacer tantas veces a muchas mujeres. Como me dictaba mi instinto. Disparé varias fotos, descartando las borrosas, las de ángulo imposible y los planos cortos que profundizaban excesivamente en el detalle.
Jose me latía en el coño. Llevaba todo el día palpitando en mi piel, tañendo mi campana, aleteando en mi tejado como una golondrina haciendo prospecciones para el nido, pulsando mis teclas negras, acariciando mis blondas con esmero. Jose llevaba todo el día masturbándome despacio.
Me tumbé en la cama y, algo nerviosa, marqué el número desconocido que hacía doce horas había rasgueado la guitarra de mis caderas.


6 comentarios:

  1. Será porque pertenezco a esa estirpe de hombres primarios y básicos que se ponen cachondos con nada, pero qué zorra eres y cuánto me gusta.

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  2. Eso sí, te crees más mujer de lo que posiblemente eres tras esa fachada pretenciosa que quieres dar a entender. En el fondo no eres más que una florecilla entre otras tantas que saca con fuerza unas espinas demasiado pequeñas para defender nada. Recién te estoy descubriendo, aún no sé si me gustas o no.

    K.

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  3. Tómese su tiempo. No hay prisa. Sacar conclusiones precipitadas es fácil si acostumbras a hacerlo.

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  4. Magnífico el post, a mi parecer. Enhorabuena.

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  5. Una bala perdida abre una herida.
    Me ha gustado el post.

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