Me subo el largo de la falda y me instalo detrás de la gasolinera, siempre que la decadencia así lo aconseja.

martes, 11 de febrero de 2014

Flashback de mierda.

La mujer de su vida le acababa de comunicar que se iba para siempre y su cuerpo decidió llegar hasta la cocina y hacerse un café. El miedo es libre para invadirle a uno como quiera, y en ese momento no fue capaz siquiera de preguntarle por qué.
Acababan de levantarse como todos los sábados, para afrontar con una descuidada rutina el desayuno en la pastelería de la plaza, la compra semanal en el mercado y el vermú de grifo con cocacola del bar de la esquina. En cambio, lo único que recibió fue una bofetada en forma de epitafio: “ya lo tengo decidido, recojo mis cosas y me voy a casa de mi madre”.
Si el mundo se derrumbó a su alrededor no quiso firmar el recibí. Se sentó a la mesa que todavía conservaba algunas pistas de la última cena y sujetó sus manos apoyándolas con firmeza en ambas sienes. Los sonidos del edificio desperezándose llegaban amortiguados y fieles a su cita de los días no lectivos. En el dormitorio, ella abría cajones y guardaba ropa en las dos maletas que aún conservaba de cuando era soltera. La oía sollozar y recoger los escombros de cinco años en común, pero era incapaz de moverse de la silla. En algún piso empezó a sonar el bolero más triste de los Panchos y pensó que, como vedette, la casualidad no tenía precio. No le costó recordar que también sonaba un bolero la noche que la conoció, en la fiesta de disfraces de un amigo común. Ella tampoco iba disfrazada porque su sentido del ridículo le impedía deambular por una casa ajena con otra ropa que no fueran sus eternos vaqueros y un suéter ancho, le dijo. La fiesta fue el acontecimiento del verano y reunió a gente de lo más variopinta. Había bebida y comida distribuida estratégicamente por cualquier rincón imaginable, globos de colores que tapizaban los techos de todas las estancias y decenas de conversaciones empezando y terminando a la vez. Y un bolero de Olga Guillot comenzó a sonar mientras sonreían mirando cómo todo el mundo se emparejaba para bailar y ella se burlaba de la música de los “carrozas”. Pero cómo os puede gustar esta música, le dijo al oído, haciéndole cosquillas con su lacia melena y montando los puntos en la aguja que se le clavaba despacito por el pecho al sentirla tan cerca. Le quitó su cerveza y se bebió de un trago lo que quedaba, se acordó.
Se preguntaba si quería ir hasta la habitación y averiguar motivos. Ella siempre le había echado en cara su frialdad, su incapacidad para demostrar los sentimientos más sencillos.
Cuando aquella noche lejana ganaron por unanimidad el premio al mejor disfraz,  la recordaba feliz como una niña, aplaudiendo divertida cuando dos coronas de papel brillante que alguien había fabricado terminaron en sus cabezas y ella, simulando reverencias y artísticos mohínes, convirtió en un reto personal el “que se besen” que todos los travestis coreaban en chistoso karaoke. Se le plantó delante y dijo: ¿tú te atreves?
Ahora no se atrevía ni a llorar. Estaba comprendiendo de golpe todo lo que no había querido ver últimamente: la mano esquiva al cruzar una calle, las llamadas no respondidas, las cada vez más frecuentes salidas de los jueves con sus amigas, los silencios incómodos durante las cenas. Si no eras feliz por qué no me lo dijiste, gritó hacia dentro.
Como si le hubiera adivinado el pensamiento, ella asomó la cabeza por la puerta de la cocina y preguntó, gimiendo, si podía ayudarla con los libros. Se quedó con la respuesta entre los labios, mientras recordaba cómo habían hablado de libros la primera noche en que coincidieron sus vidas, cuando le confesó que no le gustaba leer y ella, espantada, aseguraba que eso iba a cambiar, que no podía ser, mientras apuntaba en la cajetilla de tabaco el título del primer libro que tendría que ir a comprar al día siguiente si no quería que se presentase en su casa a organizarle un club de lectura particular. Leer le seguía pareciendo aburrido, aún era incapaz de concentrarse, le quemaban las hojas en las manos. Esa señal tenía que haber sido suficiente, se reprochó.
Se levantó de la silla y salió al balcón a fumar un cigarro. El cielo azul pitufo de esa mañana prometía cosas que no iba a poder cumplir y no quería ayudarla con los libros, no. Quería que todo volviera a ser como antes, que el suelo no tuviera zanjas y que ella dejara de hacer ruido y de recoger sus cremas en el baño. Quería ver de nuevo su cara ilusionada del principio, la que tenía cuando, mucho antes de acabar la fiesta, hacía cinco años -las cuentas no fallaban- le propuso resolver tanta máscara y disfraz tomando un gin tonic en su casa, a solas, sin miradas curiosas que cuchichearan a su paso. Quería volver a oír aquella risa, cuando empezó a golpear la copa con una cucharilla reclamando la atención de todo el mundo para anunciar que abandonaban la fiesta y que jamás los disfraces le habían parecido tan aparentes, para después bajar al trote las escaleras y terminar paseando sin rumbo por las calles de Madrid.
Oyó la puerta de la calle, estaría bajando una maleta, calculó. Aplastó la colilla en uno de los tiestos porque total ya daba igual que a ella no le gustara ese gesto. Si a partir de ese momento se podía comer las colillas de todos los cigarros que se fumara porque ella ya no iba a estar allí para echarle broncas. Empezó a sentir el famoso nudo en la garganta, intentó respirar más aire del habitual pero su caja torácica le negaba el drama necesario del momento. Alterarse nunca fue su fuerte.
Si me quedo a dormir en tu casa y me haces el desayuno por la mañana, ya no podrás deshacerte nunca de mí. Evocó aquella profecía veraniega y nocturna con el rictus del telonero que sabe que la función está a punto de acabar.
Salió hasta el vestíbulo para ver cómo ella remolcaba la segunda maleta hacia la puerta. Igual que el perro arrastra la cuerda que se ha soltado de la estaca, deshilachada a base de tirones, pero todavía formando parte de su cuello.
Se miraron. También se miraron la primera vez antes de entrar, en la misma puerta, hacía tanto tiempo. Ahora sólo veía sus ojos enrojecidos, más que por el llanto, por la furia del silencio. Ella era la que se iba pero la más abandonada.

-Si necesitas volver otro día a por más cosas no hay problema- le dijo, no sabía si por romper el hielo o para cerciorarse de que aún tenía lengua.

-Siempre tuviste voz de borracha los sábados por la mañana- contestó.

Salió atropelladamente de su vida y ella volvió a la cocina a prepararse otro café.


1 comentario:

  1. Menos mal que siempre hay alguien a quien enseñarle a atarse los cordones, los del destino aciago se entiende.

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